Me mentí

              Desde que esta contienda electoral empezó, sentencié (a mí misma, en silencio), que no daría mi opinión en público al respecto de nada. Durante meses me abstuve de compartir cualquier tipo de contenido relacionado con el tema y me prometí que no escribiría, como siempre, un texto larguísimo que nadie leería sobre lo que me hace sentir y pensar esta coyuntura. Evidentemente me mentí. No puedo más, esta situación (y el terror que la acompaña) me está quitando el sueño y necesito exorcizarlo (y pues yo exorcizo escribiendo cosas largas que nadie leería).

He cambiado mucho a lo largo de los años, he crecido. Sigo siendo ignorante en muchas cosas y aún soy algo testaruda, pero también he aprendido más, he ampliado mi visión del mundo, me he relacionado con gentes diversas, me he parado desde otras orillas y, sin ánimo de sonar fantoche, creo que me he vuelto -al menos un poquitito- más sabia. 


Esa “sabiduría” me ha llevado a comprender, por ejemplo, que hay discusiones que no vale la pena sostener, peleas que no vale la pena luchar, personas con las que no se puede argumentar. También me ha hecho discernir que no tiene ningún sentido rasgarse las vestiduras o meter las manos al fuego por nadie y que, como reza el dicho popular: “de política, fútbol y religión no se habla”. Así, gracias a evitar conversaciones incómodas, a ahorrarme la necesidad de disentir (recientemente en una retroalimentación académica me insinuaron que eso era una dificultad y yo, irónicamente, disentí), a reconocer la belleza y la bondad en todo y en todos, a ponderar mi ánimo conciliador, entusiasta y amoroso, a poner el amor por encima de todo y a tener siempre una actitud servicial e incondicional, he conservado y atesorado relaciones con personas que piensan muy distinto a mí. 


La Salomé del 2018 era diferente. Más beligerante y contestataria. Se ponía la camiseta y debatía. Perdía su tiempo en discusiones sin término mediante comentarios en Facebook. Odió por un par de días a las personas que celebraron la victoria de Iván Duque y estuvo furiosa durante varias semanas por lo patético que le parecía el sujeto. En 2022, más mesurada, no hizo campaña ni proselitismo, entendió que Petro no era el candidato ideal, pero le parecía nefasto Rodolfo Hernández, así que estaba dispuesta a votar por el Pacto Histórico. No estuvo en la ciudad el día de las elecciones así que no votó por ninguno. Esto le ha sido útil durante cuatro años, pues cada que alguna persona indignada con la gestión de Petro (con toda la razón) la increpa con comentarios como: “mira tu presidente, por el que votaste, estamos así por culpa de personas como tú”, ella, mediocremente ha podido hacer como Poncio Pilato (sí, sé quién fue, a pesar de que cierta usuaria de Threads me dijera que yo de la biblia no sabía nada) y lavarse las manos diciendo: “yo no voté por él”.


Si tuviera que adherirme sí o sí a un hemisferio político, sin duda sería a la izquierda. Y ojo, que tener una orientación política con tendencia a la izquierda no significa estar a favor del comunismo o del socialismo. A mí me gusta la social democracia, de hecho, me gusta el modelo de Estado Social de Derecho, que es el que tiene este país. Estoy a favor de que quienes percibamos más ingresos paguemos más impuestos y que con esos impuestos, entre otras cosas, se subsidie y se impulse a los que perciben menos (por supuesto que tengo claro que si la plata de los impuestos se la roban pues el modelo no sirve pa’ nada). He vivido en carne propia los beneficios obtenidos por la lucha de la izquierda, estoy a favor de disminuir la desigualdad, aplaudo la búsqueda de la justicia social, no considero que esté bien pensar que hay ciudadanos de primera y de segunda clase y no creo en la meritocracia.


Pero pensar así no me hace ciega. Que mis ideales sean afines con los ideales de la izquierda no hace que me guste la izquierda de mi país. Ni Petro ni Cepeda han representado ni representan la izquierda que yo me sueño. Gustavo Petro se ha comportado como un completo pelmazo. Trato de ser objetiva: Es cierto que hizo muchas cosas buenas, es cierto que los medios de comunicación tradicionales no las han mostrado todas, es cierto que han tergiversado información, es cierto que el congreso le puso freno a muchos de los procesos que llevarían a que cumpliera con sus propuestas y que en parte por eso no cumplió con ellas, es cierto que las EPS han sido de las peores cosas que le han pasado a este país, que unos particulares sociópatas se enriquecieron con el dinero de la salud de los colombianos y que había que acabar con eso sí o sí; pero también es cierto que su gobierno ha sido igual o peor de corrupto que los anteriores, que estuvo envuelto en un montón de escándalos sin sentido (que incluyen alcohol, drogas y hasta prostitución), que se rodeó de personas muy cuestionables, que ha twitteado cualquier suerte de estupideces que se le pasan por la cabeza, que la inseguridad del país ha empeorado, que no ha tenido mano dura con quienes no se han acogido a los acuerdos de paz y siguen atormentado al país con la guerra, que durante su gobierno los cultivos de coca aumentaron considerablemente y que por la pésima ejecución de su idea de “apretar” a las EPS, muchas personas dejaron de recibir tratamiento y algunas murieron. Algo sí hay que decir: ni nos volvimos Venezuela, ni el dólar subió a 10mil, ni los empresarios se quebraron (ver declaración de Luis Carlos Sarmiento Angulo).


Mis amigos petristas dicen que no era posible corregir en 4 años lo que se llevaba haciendo mal durante 200 y yo pienso que tienen razón, pero criticar por años y años las conductas corruptas de un gobierno y llegar a hacer lo mismo, no tiene presentación. Petro tenía una tarea: Hacer las cosas medianamente bien, de forma decente, para no entregarle el país a la extrema derecha y es -lo digo llena de dolor- lo que lamentablemente va a pasar. Yo creo que hay que reconocer que esta izquierda patética nuestra (que, a propósito, está lejísimos de ser una extrema izquierda, como lo quieren vender muchos) tiene parte de la responsabilidad de que nos vaya a gobernar la extrema derecha. La gente está mamada, está mamada de las promesas incumplidas, de la inseguridad, de los escándalos, de la crisis de la salud… y ven en Abelardo de la Espriella una esperanza de cambio.


Lo que me angustia, me indigna y me entristece es lo absurdo que resulta que hayamos permitido que la “esperanza de cambio” sea un ser tan deplorable, un arlequín funesto. Es que en algún momento pensarlo como candidato parecía un mal chiste. Que a partir de mañana ese señor vaya a ser nuestro presidente me aterra y me avergüenza profundamente.


En medio de mi angustia electoral y mi deseo genuino de no ser sectaria ni caer en una ceguera dogmática, decidí (después de muchos días pensando votar en blanco -lo cual me parece absolutamente legítimo y respetable-) hacer una tabla comparativa de las razones por las que no votaría por cada uno y este fue mi resultado (obviamente personal y seguramente me faltaron cosas):


Iván Cepeda: No me gusta que se venda como el continuismo de un gobierno lleno de errores garrafales y que no tome una distancia prudente de Petro, no me gusta que no haya dicho desde un principio que no movilizaría una constituyente, me molesta que no rechace con vehemencia el actuar de los grupos armados que no cumplieron con el acuerdo de paz (es decir, quiero que continúe el acuerdo y que la JEP persista porque gracias a ella se han dado a conocer muchas verdades que el país merecía saber y se ha dispuesto el espacio para el perdón entre todos los actores del conflicto armado; pero debería haber una posición mucho más fuerte en contra de quienes han persistido en el uso de la violencia), me preocupa que no diga en voz alta que su plan para mejorar el sistema de salud es distinto al de Petro y que si bien a las EPS hay que acabarlas, va a haber medidas de contingencia y vigilancia estricta por terceros para garantizar transparencia, que el dinero llegue a las clínicas e IPS como debe ser y que ningún ciudadano se quede sin atención ni tratamiento; me da rabia que le haya dado la razón a sus detractores no debatiendo desde el principio y no me gusta que dé papaya para que lo critiquen eligiendo a una vicepresidenta que solo desataría polémica (no dudo que sea capaz y que su conocimiento ancestral y de los territorios sea valioso, pero debió ser más estratégico conociendo a los colombianos y saber que eso se podría interpretar como una jugada populista).


Abelardo de la Espriella: Me da mucho miedo que hable de “destripar” a la izquierda (yo sé que hay gente de izquierda que también usa lenguaje violento y además rechazo los actos vandálicos que algunos con esta corriente de pensamiento han cometido y amenazan con cometer, pero en estos cuatro años la derecha pudo hacer oposición y manifestarse contra el gobierno con toda tranquilidad y sin miedo a ser perseguidos), me aterra que trate a las mujeres como “hembritas” y que diga que un feminicida asesina “por amor”, me angustia que no le importe el planeta y que sin prudencia diga que va a hacer fracking “a lo que dé”, me indigna que se ufane de maltratar animales, de odiar nuestra gastronomía, de despreciar a los colombianos, de defender criminales y del tamaño de su aparato reproductor externo.


Me indispone que no le avergüence decir que nuestro país no le importa y que si pierde igual tiene ciudadanía estadounidense e italiana y se puede ir para alguno de esos países “al otro día”; me da físico terror que esté tan alineado con posturas como las de Trump, Milei y Bukele y que no le tiemble la mano para poner bases militares norteamericanas o israelíes en nuestra tierra, me duele que vuelva trizas el acuerdo de paz y que destruya la JEP, me generan mucha desconfianza los escándalos que tiene sobre el origen de su riqueza, me atemoriza la persecución sinvergüenza que hace a los periodistas que lo contradicen y me da pena ajena que ponga a hablar a su fórmula vicepresidencial y él no logre defender un argumento sin ayuda. 


Me preocupa que no le dé pena decir cosas sin sentido como que va a pagar la deuda con el FMI que ya está pagada (sí, ya sé que se pagó con otra deuda más cara pero también sé que era imposible pagarla al plazo que pactó Duque y que eso no fue lo que dijo Abelardo en la entrevista), me atemoriza  que sea tan incoherente y que un día diga que es ateo y al otro que es el más creyente, me genera mucha angustia que defienda el porte legal de armas en un país tan violento como este. Me da mucha rabia que quiera destruir avances tan importantes en salud pública como el aborto legal o que acabe con la legitimidad de la eutanasia. Me entristece que no le importe la educación pública y que piense que los estudiantes de las universidades públicas son vándalos. Me genera preocupación que destruya los derechos alcanzados por las comunidad LGBTIQ+, indígenas y afrodescendientes y rechazo que pretenda volver al pago de los trabajadores por horas (yo creo que esto es algo que a los que siempre nos han pagado por horas nos da igual, pero de verdad es algo preocupante para las personas que reciben salarios menores). Me parece imprudente que diga que va a recortar el 40% del Estado o que va a sacar a Colombia de los organismos internacionales. No me tranquiliza José Manuel Restrepo como vicepresidente porque su gestión como ministro de hacienda no fue loable y no entiendo porqué la gente parece haberlo olvidado.


Seguramente me faltaron cosas de ambos, pero mi conclusión personal es que con Iván me da miedo lo que me imagino que puede pasar, pero con Abelardo me da miedo lo que él mismo ha asegurado que va a hacer. Esa es una de las grandes diferencias que me llevan a pensar que sería mejor votar por el primero que por el segundo.


Confieso que no votaré por ninguno de los dos  por una razón muy estúpida y es que tengo turno todo el día en una ciudad y tengo mi cédula inscrita en otra, así que es físicamente imposible (sí, lo sé, soy una tonta antidemocrática por no inscribirla a tiempo en la ciudad que correspondía, no me regañen) trasladarme a tiempo para votar; así que si llegara a ganar Cepeda, comete muchos errores y nuevamente mis conocidos de derecha me reclaman, volveré a responder con una cínica y cómoda frase pilatuna: “yo no fui”. Aunque dudo que eso pase, pues no creo que Cepeda gane, porque así como los años me han vuelto un poquitito más sabía, también me han hecho mucho menos optimista.


Durante varios días me he sentido muy triste por no comprender las razones por las cuales personas que considero buenas e inteligentes defienden a capa y espada a Abelardo De la Espriella. Es decir, respeto que su razón para elegirlo sea que les da más miedo Cepeda y comprendo que me digan que aceptan que es nefasto pero que les parece “el menos malo”; pero no me cabe en la cabeza que publiquen con orgullo que creen que es un gran líder, y que es lo mejor que le puede pasar al país. Que usen emojis de un tigre, rujan en público y se tomen fotos con la mano en la frente diciendo: “firmes por la patria” o “pongámosle una raya al tigre” me parece inverosímil tras conocer todas las razones que lo hacen una pésima persona. Sin embargo, hice las paces con eso y comprendí que cada ser tiene un sistema de creencias y actúa conforme a eso y que sea como sea, todos vivimos en este país y a todos nos conviene que nos vaya bien. Así como ellos me respetan el derecho a pensar diferente y no me increpan por nada, yo respeto el de ellos y sigo teniéndoles aprecio. 


Me tomo en serio la frase que se le atribuye popularmente a Saramago: “He aprendido a no intentar convencer a nadie. El trabajo de convencer es una falta de respeto, es un intento de colonización del otro”. Respeto mucho a mis amigos como para intentar convencerlos de algo. Así que esto no es más que un simple desahogo. Todos mis repost recientes en redes sociales no han sido para nada un intento por convencer a la gente de votar por Cepeda, han sido puras patadas de ahogada. Un intento porque las personas comprendan lo horroroso que es De la Espriella.


Que tengan un lindo día y ojalá todos los temores que tengo sobre lo temible que se puede convertir este país, sean en vano.

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