Aniversario papá
Hace cuatro años que mi padre
partió. Cuatro años es mucho y a la vez poco… Es el tiempo suficiente para
estar a punto de terminar una carrera, en la mayoría de los casos; el tiempo
suficiente para casarse, tener hijos y que la vida te cambie… Nunca será
suficiente, sin embargo, para asimilar la partida de alguien que se ama.
Ayer leía una carta que le
escribí a mi padre después de que se fue y que sólo leyeron 5 personas. A pesar
de que hace ya casi cuatro años que la escribí, el dolor sigue siendo el mismo,
las palabras tienen el mismo tinte triste.
A los cuatro años los cuerpos
están destinados a ser sacados de la tierra o de las bóvedas porque “su plazo
se cumplió”, a cambio, los restos que dejen son llevados a otra bóveda. Una más
pequeña. Nunca vi el cuerpo de mi padre muerto y, aunque siempre me sentí bien
por ello (porque el último recuerdo que tendría de él sería vivo, sonriente),
supongo que esa razón es la causa de mi sueño recurrente: La figura de mi padre
carcajeándose porque se burló de todos, porque fingió su muerte y una mezcla
entre rabia y felicidad que crece en mí pero que desaparece pronto, porque
tengo la curiosa capacidad de saber, aún en el sueño, que estoy soñando, que la
realidad es muy distinta y que, por ser realidad, es dolorosa. Las palabras
realidad y dolor deberían ser sinónimos.
Pasé más de un año al lado de
cadáveres. Todos los días. Cuerpos generosos que se prestan para que ignorantes
jovencitos aprendamos anatomía. Aunque al principio fue difícil, logré
acostumbrarme. Antes de disecar, le pedía a Dios que el alma que antes había
habitado ese cuerpo ahora viviera feliz en el cielo, a su lado, posteriormente,
optaba por olvidarme de que ese cuerpo que ahora se abría para mí había
pertenecido antes a una persona que vivió, fue feliz, lloró… No sé si hacía
mal, pero si me hubiese detenido a pensar en todo eso con cada cuerpo, no
habría podido aprobar con éxito la materia.
Eso tampoco fue suficiente. Lo
pensé mucho y finalmente decidí que si no había visto el cuerpo de mi padre
muerto, mucho menos querría verlo ahora, descompuesto, hecho pedazos, vuelto
polvo.
Mi vida ha cambiado mucho y es
inevitable pensar qué opinaría mi padre de cada paso que he dado (para adelante
o para atrás), si me felicitaría, si me reprocharía, o si, como muchas veces,
simplemente no opinaría. A veces trato de consolarme pensando eso. Cuando me
siento triste y sola pienso que el hombro de mi padre habría podido ser un buen
refugio, pero luego pienso que muy probablemente si viviera, no sería capaz de
buscarlo para que me lo prestara.
Eso me lastima con frecuencia,
saber que, a pesar de que siempre mantuvimos cierta distancia, el muro que nos divide ahora es
muchísimo mayor que el muro que nos dividió
siempre.
Ahora que sé un poco más de
psiquiatría (que cada vez me apasiona más) entiendo mucho más lo que le pasaba
a la cabeza de papá y reitero lo que ya he sabido siempre: Una persona con TAB
(trastorno afectivo bipolar) no está así porque quiere, la alteración
neurobiológica es una cosa inmensa. Si bien me siento bien de saber eso ahora,
también me es útil para darme más palo del que ya me he dado antes. Un paciente
psiquiátrico necesita un buen psiquiatra, necesita seguir al pie de la letra un
esquema, necesita ser hospitalizado en un excelente sitio, necesita tener una
red de apoyo familiar fortalecida que también reciba asesoría profesional
permanentemente… Yo nunca supe siquiera el nombre de su médico de cabecera, yo
tengo claro que no hice parte de esa red de apoyo y que, si ésta existió, no se
le puede llamar precisamente “fortalecida”. Sé que no sirve de nada, pero me
pregunto si el desenlace hubiese sido el mismo si todos esos factores hubieran
marchado a la perfección. Mis paños de agua tibia los fundamentan otro dogma en
psiquiatría: Un paciente que está decidido a poner fin a sus días, busca a como
dé lugar la forma de hacerlo y no hay nada que los demás podamos hacer para
evitarlo.
Todos sabemos que el desenlace de todas las vidas es la muerte, es una
verdad trivial, pero es difícil hacerse a la idea. Mucho más difícil cuando es
una muerte violenta la que adelantó este desenlace, mucho más difícil cuando no
hay nadie a quien culpar. A mi
padre no lo mató nadie, ni siquiera Dios; mi padre decidió irse solo. Tampoco
lo culpo a él; bastante le dolían las injusticias de la tierra como para
quedarse aquí, y aunque me duele pensar que ya no está en ninguna parte física,
y que no puedo visitarlo ni abrazarlo; sé que es libre. Sé que es tonto, pues
no es mi culpa, pero a veces me siento mal porque creo que pude haber hecho más
y no lo hice.
Hace unos años leí “El olvido que
seremos” y fue inevitable llorar desconsoladamente al ver reflejada la figura
de mi padre en el cuerpo de Héctor Abad. Él y yo no tuvimos nunca una relación
como la del autor y su padre, pero mi papá se parecía mucho a él, en muchas
cosas. Su amor por la justicia, su defensa de la ética y la moral independiente
de un sistema de creencias religiosas, su filosofía de que el amor era mucho
más poderoso que los castigos para lograr la meta de formar buenos hijos, su
generosidad desmedida, su aborrecimiento por las injusticias y la corrupción,
su odio por las masas y su convicción de desarrollo como individuo. Me pareció
una obra desgarradora pues me llevó a pensar que no pude disfrutar mucho de un
hombre tan maravilloso y tan parecido al que el texto describe, que simplemente
ya no está y que las oportunidades de tener una relación con mi padre así, como
la de los protagonistas, simplemente se esfumaron.
Nunca le mostré a mi papá las cosas
que escribí, y se me volvió pedacitos el alma en párrafos como éste: “Casi todo
lo que he escrito, lo he escrito para alguien que no puede leerme, y este mismo
libro no es otra cosa que la carta a una sombra”…Una sombra, ¿será que mi papá
es sólo una sombra? ¿Será que desde algún lugar leerá lo que le escribo?
¿Estaría orgulloso de mí? ¿Supo en algún momento lo orgullosa que estoy de él?
En el mismo libro el autor escribe: “todos somos tierra fácil para el olvido de
lo que más queremos”, sin embargo, mientras en mis manos esté, intentaré que mi
cerebro no olvide lo que quiero, que no olvide jamás a mi padre, que no permita
que el olvido gane la batalla, pues permitir que mi cerebro acabe con mis
recuerdos, sería como permitir que la muerte acabara con la inteligencia, como
lo pretendieron los paramilitares asesinos de la época (y de hoy) pero que no
lo lograrán, no sólo porque el amor es más fuerte que sus ganas de silenciarlo,
sino porque “hay un exilio peor que el de las fronteras, el exilio del corazón”
y yo, por mi parte, no permitiré que mi corazón deba exiliarse por culpa del
olvido.
Al igual que Héctor Abad Gómez, mi
padre, para mí, es un hombre memorable, y por eso, mientras en mis manos esté,
no dejaré que la afirmación con la que el libro se titula, aplique para mi
papá… Él no será olvido PARA NADIE.
Mi padre descansa en paz, “vuela como
un pensador libre”, él decidió que esa fuera su última libertad (como
sabiamente escribió mi tío en su epitafio) y pensar que donde sea que esté está
mucho más feliz que como pudo haber estado aquí, es lo que me alienta para
tener fuerzas cada día, para sonreír y pensar en él con alegría, verlo como un
ángel que cuida de mí y de mi familia.
Él,
donde esté, sabe todo lo que lo amo. Lo amo aunque no pueda verlo, lo amo, pues, así como él
mismo se refirió a Dios en una oración preciosa que escribió cuando tenía menos
años que yo, siento que él está conmigo todo el tiempo, y que, hasta en lo más
profundo, me acompañará.
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