Soy una idealista

Es inevitable que la época electoral distancie a las personas. A mí, sinceramente, no me parece que sea algo que esté mal del todo. Escuchar los argumentos de las personas respecto a un asunto que puede parecer "aislado" te permite conocerlas mejor, comprender su sistema de creencias, el alcance de su moral, sus prioridades, la forma que tienen de ver el mundo, la importancia que le dan a la otredad... En fin. Dejo claro que no estoy insinuando que creerle más o menos a uno o a otro candidato te haga mejor o peor persona. La bondad o la maldad son asuntos con los que difícilmente me atrevería a meterme. 


La cosa es que, a medida que creces y pretendes ser más sabio, procuras desgastarte menos en discusiones sin sentido, no te enfrascas en intentos fallidos por convencer al otro (ya decía el gran Galeano que intentar convencer era una falta de respeto, "un intento de colonización del otro"), adquieres cierta inteligencia práctica que te hace comprender que es tonto llevarte mal con el otro (inevitablemente cambia tu percepción sobre él, pero tampoco lo vas a volver tu enemigo) y, por último, para nada loable, hace que te empiece a importar un poco más tu imagen, la impresión que tienen de ti y, sobretodo, el riesgo que corres (a nivel laboral -por ejemplo-) por decir lo que piensas en un contexto en el que evidentemente no encajas, vas contra la corriente, eres el mosco en leche, la piedra en el zapato (le daría la razón, sin dudarlo, al que quisiera definir este último punto como cobardía).


Todos estos motivos, sumados con el hecho de que cada vez tengo menos tiempo para escribir, disertar, debatir, publicar, han sido la razón por la cual este año he estado más callada, menos activista y menos beligerante que hace cuatro y hace ocho años. No es algo que me enorgullezca, pero es algo que es real. 


No me he considerado "petrista" nunca. Detesto ese encasillamiento. Como dice Fito, "yo no pertenezco a ningún ismo". Soy lo suficientemente inteligente (que no se interprete como falta de modestia) como para tomar decisiones de manera autónoma, sin necesidad de hacer parte de una congregación particular o de rotularme la cabeza. No considero que Gustavo Petro sea un mesías, el hombre ideal, perfecto e intachable que sus seguidores ciegos (y en ocasiones insoportables) pretenden que veamos. Sé que militó en el M-19 y no es algo que me parezca chévere. También soy consciente del contexto en el que nacieron las guerrillas y, aunque jamás justificaría sus métodos, si entiendo sus razones. Sé, además, que durante el tiempo que militó en ese grupo armado, fue concejal en Zipaquirá, no estuvo a la cabeza del plan, ni dentro de la edificación, aquel fatídico día de la toma del palacio de justicia. Fue a la cárcel y, al igual que todo el grupo, firmó la paz y se comprometió a hacer política desde la democracia, como lo viene haciendo. Muchos no le perdonan ese pasado y están en su derecho. Yo sí se lo perdono y, además de perdonarlo, me pregunto por qué esos que no le perdonan ese pasado a Gustavo Petro, sí se lo perdonan a Angelino Garzón, Antonio Navarro y otros tantos.


Quizá, entonces, no odien a Petro por ser ex-guerrillero, lo odian porque les parece soberbio y prepotente. Yo también creo que es soberbio y prepotente, pero cada vez menos. Creo que los años, como a mí, le han enseñado que hay que bajar un poco la cabeza, escuchar al otro, no creer que se las sabe todas e, incluso, (lo dijo hace cuatro años y le repite hoy) dejar que otro con ideas similares a las suyas sea el candidato. Se lo propuso a Humberto de la Calle y a Sergio Fajardo hace cuatro años: "unamos nuestras fuerzas porque tenemos ideas similares y elijamos a uno que nos represente, no tengo que ser yo". Le dijeron que no, que si no era perfecto no les servía y ya todos sabemos lo que pasó. Los soberbios fueron otros (Sergio el soberbio mayor -que hasta se enfurece si los debates se demoran más de lo esperado- y por eso gran parte de su electoraro le pasó una cuenta de cobro en forma de 3.200.000 votos menos... Algunos no perdonan el pasado guerrillero de uno y otros no perdonan la indiferencia del otro. Así va la vida).


Hay personas que me han dicho literalmente: "yo odio a Petro" y como procuro estar permanentemente en "modo zen", ni les pregunto por qué lo odian, aunque de verdad sí me lo pregunte. Entonces tengo por ahora varios motivos: 1. Porque fue guerrillero y 2. Porque es un soberbio (razones que ya expliqué por qué no me alarman); 3. Porque es populista y 4. Porque está mal relacionado. Estas últimas me parecen ciertas pero no graves. Gustavo Petro está lejos de ser perfecto y rodearse de personajes detestables no le ayuda mucho; sin embargo ha sido víctima durante mucho tiempo de una campaña de desprestigio como ninguna. Con este asunto de los "petrovídeos", por ejemplo (y sin tratar de defender lo indefendible --y dejando claro que no los he visto todos--), no he visto que en ningún vídeo se mencione hacer algo ilegal; en algunas publicaciones veo a personas rasgándose las vestiduras y diciendo que en esos vídeos hablan de promover "Fake News" y cosas por el estilo. Yo no escuché que dijeran algo así en ninguno de los que he visto. Yo escuché a un perverso político tradicional (con quien Petro nunca se debió aliar, pero ya qué) diciendo que había que buscar al oponente más fuerte y encontrar la manera de quitarle esa fortaleza. Por supuesto que quienes promovemos el amor reprochamos esa forma de hacer política, por supuesto que reclamamos coherencia entre la promulgación de una política de amor y actos que vayan en concordancia con la misma, por supuesto que creemos que sería mucho más loable dedicarse a resaltar lo bueno del candidato de este lado y no vociferar los defectos del candidato del otro lado (sin defender esta pésima conducta, sí puedo dar fe de que a la gente no le interesa escuchar las cosas buenas, no las creen, nada que les digas les sirve... es algo natural de la condición humana, es más chévere criticar el error que alabar el logro del otro); pero una cosa es eso y otra es agrandar la situación, mostrarla como el peor delito de la historia, decir que es la campaña más sucia del mundo. ¿Sabemos cómo han sido las campañas de los otros candidatos? ¿Vieron la publicidad de Fajardo, por ejemplo, en la que se compara con los otros candidatos y dice que los demás son terribles y que él es el mejor? ¿Vieron la campaña en Cali de Galán en la que le tira puyas al alcalde actual? ¿Se fijaron cómo los debates y las entrevistas se centraban en que los demás candidatos hablaran en contra de Petro y casi nunca a favor de sí mismos? Sería muy interesante que todos midiéramos a la gente con la misma vara, sólo que ya hace parte de nuestro ADN criticar a Petro y verle todo lo malo, lo tenemos naturalizado. (Ahora, y como reflexión random: ¿nosotros somos así de éticos como le exigimos a nuestros candidatos? ¿nunca hablamos mal del otro? ¿nunca recurrimos a los defectos de los demás para alabar las cualidades nuestras?).


Hay básicamente tres grupos de personas que odian a Petro, unos que repiten como loros que Petro va a volver a Colombia como Venezuela, que es castrochavista, que los pobres son pobres porque quieren y que además quieren todo regalado; personas que están convencidas de que la meritocracia existe y que consideran que tienen lo que tienen porque se lo merecen y no por azar; están otros, unos cuantos, buenas e inteligentes personas, clase trabajadora, que temen que con la llegada de Gustavo al poder pierdan sus derechos (yo no creo que nadie vaya a perder sus derechos, creo que al contrario, otros, que carecen de ellos, los van a adquirir... Y eso es lo hermoso de esto: Cuando todos tenemos los mismos derechos, los privilegios dejan de existir. A mí eso, contrario a asustarme, me esperanza un montón), y un último grupo, de gente muy letrada, a los que les creo su posición, que consideran que con Petro corren riesgo las instituciones y la democracia. Por supuesto son las personas de este último grupo (que obviamente entienden de política y de Estadismo mucho más que yo) quienes hacen que me dé algo de miedo votar por él, que no vaya feliz y convencida cien por ciento, que no sea la abanderada número uno de la campaña del Pacto Histórico, que no me ponga la camiseta (en el sentido literal y en el sentido figurado).


Pero es que la otra opción no es opción. Como dijo la famosa actriz Natalia Reyes, no hay que ser petrista para votar por Gustavo Petro. Puede sonar medio ridículo, pero se trata de seguir el corazón, de actuar acorde con tus ideales, en otras palabras, y si lo quieren ver así: de ser un iluso. Es decir, ustedes me conocen bastante (porque soy bien abierta y me dejo conocer fácil). Soy una persona idealista, y perdón si alguien considera que ser idealista es un defecto. Yo me sueño un país en el que todo el mundo tenga las mismas oportunidades al nacer, en el que ningún niño se muera de desnutrición, en el que la salud no sea un negocio, en el que no exista el fracking, en el que se proteja el planeta, en el que se incentive el agro, en el que no se use glifosato, en el que las mujeres puedan decidir sobre su cuerpo, en el que los que quieran puedan ir a la universidad, en el que la gente pueda morir dignamente, en el que no existan ancianos sin techo ni alimento, en el que no se roben el dinero destinado a que la tecnología llegue a los niños, en el que a los niños no les den de almuerzo un banano con agua, en el que la gente se trate con amor, en el que nadie pueda portar armas si no pertenece a un grupo militar, en el que se haga la paz con los grupos armados, en el que ninguno se crea con más derecho que otro,  en el que la policía proteja y no viole, en el que los antidisturbios cuiden  a los ciudadanos y no los maten, en el que no se desplace, en el que se respete a nuestras comunidades ancestrales, en el que los niños no tengan que poner en riesgo su vida atravesando ríos caudalosos para llegar a sus colegios, en el que las carreteras y puentes que se construyan no se caigan a los diez días... Podría seguir con la lista. Y ¿saben algo? Si lograr eso implica que yo tenga que pagar más impuestos; si mejorar la calidad de vida de los que lo piden a gritos implica que yo le baje un poquito a mi calidad de vida, si debo desistir de un viaje, comprarme menos ropa, salir menos a comer a restaurantes caros porque me toca aportar más dinero para que otras personas estén mejor (si la inversión se ve y dejan de robársela, como siempre), yo estoy dispuesta. ¿Y saben otra cosa? Eso no es comunismo. Se llama Estado Social de Derecho. 


¿Ustedes creen que alguien idealista, como yo, podría votar por Rodolfo Hernández? ¡Por supuesto que no! Votaré por Gustavo Petro, correré el riesgo, porque ese señor me promete intentar lograr, de a poquitos, todo lo que yo sueño. Quizá no me lo cumpla y si la embarra, saldré a marchar contra él y su gobierno, porque no soy una seguidora ciega... Pero es como si una mujer maltratada por su expareja no le diera la oportunidad a un nuevo pretendiente que le ofrece cosas lindas porque él también la puede maltratar y decide volver con su expareja maltratadora. ¿El pretendiente podría ser un maltratador también? Sí, pero también podría no serlo, yo creo que hay que darle la oportunidad y si la desperdicia, pues se le dice: "Chao amor, y que te vaya bien". Colombia es esa mujer y Gustavo es ese pretendiente. 


Toda esta cháchara que escribí está aquí porque necesitaba sacarlo de mis entrañas para poder dormir más tranquila. Yo quiero que gane Petro, con todo y sus imperfecciones, porque creo que hay que empezar por algo y que él puede ser la puerta de entrada por la que podrían pasar todas las nuevas y buenas personas con ganas de hacer una política distinta. Ahora bien, una cosa es el deseo, el sentimiento, la emoción, y otra la razón. Mi razón, que es bien pesimista, me dice que va a ganar Rodolfo Hernández (con todo y sus mentiras, delitos pendientes, falta de pantalones para debatir, carencia de propuestas, chistes, populismos, lenguaje soez, insultos a la virgen, minimización del feminicidio, etcétera), que las cosas van a seguir iguales (o peores) y que se van a perpetuar así. Porque los pueblos tienen a los gobernantes que se merecen, y como pueblo, somos un desastre.

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