A propósito del día del maestro
Mayo es un mes extraordinario porque se conmemoran dos fechas importantes para mí: El día de la madre y el día del maestro.
Este mayo es más extraordinario aún porque ha sido particularmente conmocionado y aunque manchado por episodios nefastos de violencia (de muchos orígenes, todos igual de abominables), la esencia de esa conmoción me parece, por lo menos, conmovedora: Un país que se cansa del ultraje y la injusticia y se para para decir a una sola voz: ¡No más!
El punto aquí no es hablar respecto al paro porque es un tema con muchos matices y de difícil terminación. El punto aquí es hablar de mi mamá, y, más que eso, la relación que existe entre la figura de mi mamá (como madre y profesional) y algunas de las razones que han provocado esta gran movilización nacional. Todo esto motivado por una imagen que ha circulado en redes y que una de las veces que la vi iba acompañada de un relato experiencial sobre alguien a quien su profesor universitario le dijo: “No se puede estudiar y trabajar a la vez, escoja”:
Comienzo, y voy a comenzar bien atrás:
(Le pedí permiso para publicarlo)
Mi abuelo nació en una familia paisa, el segundo de seis hermanos, el primer hombre. Su padre, campesino, tenía (según entiendo) una buena porción de tierra pero, al fallecer, mi abuelo -rebelde- se peleó con uno de sus hermanos menores y se fue de Antioquia, para nunca regresar. Mi abuelo nunca supo qué pasó con esas tierras de su papá pero nunca heredó nada.
Entre ires y venires conoció a mi abuela, una bellísima mujer del norte del Valle del Cauca, hija de campesinos, también. Mi abuela tenía nueve hermanos. Su madre murió joven y su padre debió vender su finca por unos pocos pesos para solventar situaciones de salud. El caso es que mis abuelos se enamoraron, se casaron y se fueron de “luna de miel” a Tuluá… Allí se quedaron para siempre. Uno no lleva mudanza a su luna de miel, así que empezaron de cero, sin dinero, sin patrimonio, sin herencias de ningún tipo, sin tierras a su nombre, sin trabajo, sin nada. Bueno, nada no, con algo valiosísimo: Amor, amor por montones.
Mi abuelo trabajó durante un buen tiempo, como muchos hombres humildes en el Valle del Cauca, como cortero de caña en un ingenio azucarero, mi abuela trabajaba como ama de casa, esposa y madre, pero ese es un trabajo no remunerado económicamente así que difícilmente alcanzaba el dinero para darse una vida lujosa. Durante muchos años vivieron en una habitación (no daba para una casa completa) de alquiler. Vivieron en una sola habitación incluso cuando ya tenían sus cuatro hijos. La mayor de ellos: Mi madre.
Mi madre, como hija mayor, cuando nació su hermano menor entendió que no podrían seguir viviendo así y que necesitarían que los ingresos aumentaran algo, así que desde los 12 años empezó a trabajar. Mis abuelos no querían, pero ¡a ver! Es mi mamá, no hay ser más obstinado.
Entretanto, gracias a un maravilloso proyecto llamado “Plan Padrino” el cual la verdad no comprendo mucho cómo funcionaba, mi tía fue apadrinada por una familia holandesa y gracias a eso a nuestra familia le concedieron, a muy bajo costo, un lote en un nuevo barrio de Tuluá, tan “nuevo” que esa palabra estaba incluida en su nombre: “Nuevo Farfán”.
Mientras se construía algo habitable en dicho lote, mis abuelos, mi mamá y mis tíos vivían en la vivienda de una escuela pública (los contextualizo: No sé si aún, pero hasta hace poco, las escuelas públicas tenían dentro de sus instalaciones un par de habitaciones, una cocina y un baño en las cuales vivía una familia y la misma, a cambio de vivienda, brindaban vigilancia y aseo a la institución educativa). Mi abuela, una de esas mujeres “berracas” de antaño, cansada de vivir así decidió irse a vivir a su lote, que, aunque bien no se lo podía considerar algo “habitable”, era “suyo”. Y así empezaron a vivir en la que sería nuestra casa, que inició siendo un cubo cuyos lados estaban formados por esterilla de guadua y poco a poco se fue pareciendo más a un hogar. (En esa casa nací yo y viví hasta los 15 años).
Mi mamá, a pesar de algunos altibajos relacionados con su educación básica y media (por el cruce de horarios con sus trabajos), siempre fue una excelente estudiante, la mejor de su curso y logró graduarse como normalista (amaba enseñar). Mi mamá siempre leyó muchos libros, siempre se relacionó con mucha gente, siempre artista, siempre cálida, siempre elocuente, siempre carismática, siempre hermosa, siempre bien vestida (así tuviera sólo dos vestidos --elaborados a mano por mi abuela-- y el mismo par de zapatos para el colegio y para la calle), siempre impecable… Así, a pesar de ser una “niña pobre” era también una niña popular. Fueron quizás ese “don de gentes”, esa inteligencia desbordante, ese talento, ese buen humor, esa cultura que se gana cuando lees buenos libros… las que la llevaron a codearse con “gente bien” y conseguir, dentro de todo, buenos trabajos (y, más importante aún, buenos amigos).
Codearse con gente con una visión más grande del mundo, leer libros que te hablan de que hay algo más allá de la pared de tu ranchito, ser educada por excelentes docentes con una mirada crítica y no se me ocurre qué más razones, hicieron que mi mamá siempre pensara con ir a la universidad y no se conformara con seguir trabajando, por más “bien” que le fuera. Así, entró a la Universidad del Valle, sede Tuluá, a estudiar Sociología.
Esto es algo que tampoco comprendo bien, pero entiendo que el programa de Sociología no era viable por alguna razón (el poco número de estudiantes o los pocos docentes que podrían desplazarse hasta Tuluá a dar clase, no sé) así que mi mamá, para poder seguir yendo a la universidad pero sin dejar de trabajar y ayudar en casa, se pasó al programa de Psicología, con el cual pasó algo similar y sólo se continuó en la sede de Univalle Buga.
Mi mamá empezó a viajar a Buga todos los días, aunque esto fue poco sostenible en el tiempo (porque era un gasto adicional desplazarse hasta allá y los horarios eran incompatibles con su trabajo) y, finalmente, también cerraron el programa de Psicología en Univalle Buga. Pasó lo inevitable: Mi mamá dejó la universidad.
Siguió trabajando con ímpetu, pero recibía llamadas de sus amigos (que tuvieron que migrar a Cali para continuar con las carreras que no tenían aún semestres superiores en la sede de Univalle Tuluá) todos los días: “Panchita, veníte pa’ Cali, ¿cómo te vas a quedar sin estudiar?” Esa perorata, día tras día, la convenció. Mi mamá decidió dejar su trabajo e invertir sus ahorros para venir a Cali a continuar sus estudios universitarios.
Aquí en Cali vivió en mil casas, en una colchoneta en el piso, en una cocina, en un apartamento, en una casa gigante y tenebrosa, en un montón de barrios distintos, casi todos distantes a Meléndez. Mi mamá iba a la universidad, trabajaba en la cafetería de Univalle en el tiempo entre clases y, en su tiempo libre fue niñera, recreacionista, mesera y hasta la señora que cuida a los niños dentro de las busetas de los jardines infantiles privados. Comía mal, muy mal, casi siempre pan con salchichón y, además, para poder seguir siendo excelente estudiante y obtener becas, pero a la vez tener dinero para pagar arriendo, transporte, comida y, además, mandar algo a Tuluá (donde seguían mis abuelos con tres hijos aún en el colegio y con una casita a medio construir), también dormía mal (para poder trabajar).
Dormir y comer mal le pasaron factura: Se enfermó mucho, muy grave, tan grave que la llevaron a un hospital y mis abuelos pensaron que moriría.
Después de semejante susto era de esperar que mis abuelos no la dejaran vivir más en Cali y se la llevaran a Tuluá. Eso pasó cuando estaba casi a punto de terminar la carrera.
Mi mamá volvió a Tuluá frágil y deprimida pero consiguió trabajo pronto, luego se enamoró, se casó, me tuvo, se separó, siguió trabajando y, gracias a Dios, contó con el apoyo de mis abuelos y siguió (a eso punto, seguimos*) viviendo con ellos.
Continuó enseñando en colegios privados, en jardines infantiles (durante un tiempo tuvo un jardín infantil propio), en una adorable corporación educativa para niños con discapacidad auditiva, hasta que después de un tiempo aplicó al concurso docente, ganó el concurso y empezó a trabajar en el sector público. Los docentes del sector público tienen un escalafón mediante el cual se define su salario. Mi mamá era normalista (lo que la capacitaba para enseñar en ese entonces), así que, por un buen tiempo, estuvo en el escalón más bajo, es decir, recibiendo el menor salario. La verdad no sé cómo se las arregló para, a pesar de trabajar y educar una hija, volver a la universidad (después de un buen tiempo) y lograr no sólo graduarse sino, luego, hacer una especialización.
Durante todos estos años de ejercicio docente he visto el empeño y el amor que mi mamá le ha puesto a su labor y también he visto el amor desmedido que profesan sus estudiantes por ella y creo que no puede haber mejor pago que ese.
Gracias a su profesión, a su trabajo, a su empeño y a su tenacidad, hizo de mí lo que soy y es gracias a ella que estoy donde estoy ahora.
Toda esta cháchara no es una historia de superación personal, es más bien la historia detrás de la razón por la que no sólo conmemoro con tanto amor el día de la madre y por la que celebro con tanto ahínco el día del maestro, sino la razón por la que entiendo que haya un paro nacional, la razón por la que comprendo que vivimos en un país desigual tanto en repartición de los recursos como en oportunidades.
Por eso me duele y me enfurece escuchar más frases del tipo “el pobre es pobre porque quiere” porque no es así, mis abuelos, mi mamá y mis tíos no eran pobres porque querían. Y no quiero que a nadie se le ocurra decir que es que a la gente le falta ímpetu y que la gente sí puede “salir de pobre” y mi mamá es una muestra de ello, porque no es así. Mi mamá puede ser que, con su gallardía, haya cambiado el destino de nuestra familia para siempre, pero esa gallardía no es gratuita, es producto de muchos factores que se podrían atribuir al azar: Inteligencia, relaciones, talento… Ojo, no estoy demeritando su inmensa y loable labor, al contrario, la enaltezco, la amo y le agradeceré toda la vida… Sólo quiero que entendamos que no toda la gente que nace en hogares “pobres”, nace con esa inteligencia, ese talento y esa capacidad de relacionarse con otros con los que, por suerte, nació mi mamá.
Esa es la razón de la protesta genuina (sí, hay un montón de cosas alrededor que nos han hecho daño a todos y con las que podemos o no estar de acuerdo), uno de los motivos detrás de la movilización actual es la furia que acompaña la idea de que nadie tendría que nacer en condiciones que dependan del azar y si el azar está de su lado, nadie debería tener que trabajar y estudiar a la vez, nadie tendría que escoger entre comer o ayudar en su casa, nadie tendría que llegar al borde de la muerte a causa de decidir estudiar a toda costa (y que ese “toda costa” implique no comer y no dormir), nadie tendría que desertar tantas veces de la universidad, nadie tendría porqué graduarse de la universidad a los treinta y pico años, nadie, absolutamente nadie, tendría porqué escuchar que un nefasto profesor le diga: “No se puede estudiar y trabajar a la vez, escoja”.
Las historias hermosas y admirables como la de mi mamá no están allí para que perpetuemos esa romantización de la pobreza a la que estamos acostumbrados. Están ahí para que entendamos que no se pueden repetir, que esto hay que cambiarlo y que no tenemos ningún derecho a criticar a los que se toman en serio esa lucha por cambiar la historia.
Hoy más que nunca les envío todo mi amor, y les deseo respeto, energía y aguante a todos los profesores del país que ponen su alma y entregan su vida para hacer de ésta una mejor nación.
Y a mi mamá: Gracias.

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