Cada vez más cerca
Lo vimos lejos muchas veces, algunos entramos en depresión en repetidas
ocasiones, muchos derramamos infinidad de lágrimas en primer semestre cuando, a
pesar de días y noches enteras estudiando, no lográbamos entender las leyes de
la termodinámica, y, menos aún, por qué teníamos que sabérnoslas... No
lográbamos, a pesar de tener lleno de rayas de marcador todo el cuerpo,
memorizar el trayecto de las venas y las arterias.
Muchos nos reímos de nosotros mismos cuando, en segundo semestre, en neuroanatomía, entendimos la razón por la cual “pasar derecho” nunca nos iba a dar resultado… Aprendimos que ciclos completos de sueño, incluyendo la fase REM, producen la reestructuración y el fortalecimiento de memorias duraderas. Ahí entendimos que no estaba bien pasar derecho. Entenderlo no significaba que no lo volveríamos a hacer.
Luego llegamos al mundo de la microbiología y descubrimos nuestras habilidades artísticas cuando con un talento excepcional compusimos canciones para aprendernos las bacterias y los antibióticos y las cantábamos a todo pulmón hasta que los vecinos nos callaran.
En cuarto semestre llegó Inmunología. A pesar de lo interesante y apasionante que resultaba y de tener una profesora que nos explicaba casi que con plastilina qué era un Linfocito NK, se convirtió en una tortura porque a pesar de semanas enteras de estudio, sacábamos 2,5 en los parciales.
Luego las mesas del cuarto piso del L quedaron con nuestro ADN impregnado para la eternidad después de que pasamos horas infinitas allí acostados (pretendiendo que fueran camillas), para aprendernos todas las maniobras de semiología osteomuscular.
Nos despedimos del campus universitario para empezar medicina interna y descubrir qué era tener clase a las 6:00 de la mañana, qué se sentía leer 25 temas diferentes para el día siguiente, qué era narrar la historia clínica adecuadamente y por qué no estaba bien empezar diciendo que “el paciente llegó a urgencias y le tomaron un TAC” sin antes mencionar cómo empezó su cuadro clínico.
Ese semestre conocí a la primera promoción de internos, quienes se convirtieron en nuevos profesores y modelos a seguir. Siempre los vi con infinita admiración y me pregunté si cuando llegara ese momento sería tan buena como ellos. Aún me lo pregunto. Espero que sí.
Pasamos por pediatría, una especialidad agridulce... Aunque todos digan que es un mundo de arcoiris y unicornios, para mí no lo fue del todo. Es infinitamente doloroso enfrentarse a la muerte de un niño. Ahí decidí que no sería pediatra.
Llegamos a la ginecoobstetricia, tuvimos la preciosa oportunidad de presenciar muchos nacimientos y de ser partícipes de ese maravilloso momento. Aprendimos a sufrir con nuestras pacientes, a entender su dolor y a hacer lo mejor para que tuvieran un resultado satisfactorio. Al fin y al cabo tenemos la fortuna de formarnos en la mejor unidad de alta complejidad obstétrica del mundo.
Luego, en cirugía, conocimos por fin cómo somos por dentro (en pacientes vivos) y tuvimos la fortuna de ayudar a corregir lesiones severas para salvarle la vida a las personas. En este semestre, también, conocimos otra cara… Empezamos a hacer turnos en urgencias quirúrgicas y nos tuvimos que enfrentar con la muerte una y otra vez.
No
puedo negar que hubo momentos en los que me cuestioné: ¿Por qué no estudié
literatura, música, arte dramático o artes plásticas? Por qué la gente se muere
en mis narices y no puedo hacer nada... Como escribió uno de mis cantantes
favoritos (que además es médico): “Nadie nace sabiendo que
morir también es ley de vida”. Afortunadamente en ese mismo semestre pasamos
por medicina familiar y cuidado paliativo y entendimos que tratar de aliviar el
sufrimiento, teniendo claro que la muerte es algo inevitable, también hace
parte de la misión de un buen médico.
Finalmente conocimos esas áreas que hasta el momento nos eran desconocidas y descubrimos que eran tan importantes como las grandes especialidades. Sin volvernos expertos, dejamos de ser tan ignorantes en lo que a sistema urinario, ojos, oídos, nariz, boca, huesos y cerebro se trataba…
Cito a Antoine de Saint Exupery (en realidad a “El Principito”): “Es una locura odiar a todas las rosas sólo porque una te pinchó”. A pesar de todas las dificultades, no nos rendimos, estoy muy orgullosa de mis compañeros por eso… Es increíble la velocidad con la que gira la tierra. Es increíble que ya hayamos pasado por todo eso y estemos tan cerca del final.

Llegar aquí no ha sido fácil y, aunque puede parecer que me generara cierto alivio haberlo “casi logrado” --a pesar de tanto— no es así del todo. En realidad estoy atemorizada. Padezco un temor mucho mayor que el que produce el hecho de estar al frente y exponer un tema, es el temor que genera estar más cerca del momento en el que me enfrento al mundo real, sin un “papá/mamá” médico que me susurre al oído qué hacer, el momento en el que voy a poner a prueba a mi cerebro para que demuestre qué le ha quedado tras 5 años de aprendizaje.
Sin
embargo, como escribió Oliver Sacks en su conmovedora carta de despedida antes
de partir: “No puedo fingir que no tengo miedo, pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud”; es esa gratitud con la vida, con mis padres, maestros y, sobre todo, con mis pacientes, la que me permite luchar contra ese miedo y dar lo mejor de mí para llegar a ser una excelente médica.
Para mí, de eso se trata la ceremonia que se lleva a cabo hoy (en realidad de eso se trata la vida): De gratitud. Así que empezaré por darle las gracias a mi mamá, primero por hacer de mí lo que soy, segundo, por haber hecho los esfuerzos más inimaginados para permitirme llegar hasta aquí, tercero, por aceptar y tolerar que ya no tuviera casi tiempo para ella, ni para la familia. Gracias a cada uno de los miembros de ella por comprender y no ofenderse por mis múltiples ausencias, gracias a Carlos y a Juanita por ser mi motor.
Agradezco también a mis grandes amigos, por entender mi falta
de tiempo y no ofenderse con los desplantes, por estar siempre ahí para
escucharme y motivarme.
Gracias también a mis docentes… En la pasada versión de la ceremonia de imposición de batas, el subdirector académico decía (en otras palabras) que la bata blanca simboliza la luz que los sabios le comparten a los alumnos. Es decir, con total generosidad, nos transfieren un poco de su saber para hacer de nosotros personas menos iletradas. Me pareció un símil precioso…
¡De todos los Doctores he aprendido tanto! Sé que puede sonar un poco ridículo, pero tuve siempre en mente una lista de a qué médico de cada especialidad le hubiese pedido que me entregara la bata… Me alegra inmensamente saber que muchos de ellos estarán allí imponiéndonoslas a mí o a mis compañeros, entregándonos esa luz.
Es un honor haber sido formada en la mejor Institución de América Latina. Es sumamente enorgullecedor saber que han sido mis docentes no sólo los mejores médicos del continente, sino unas de las mejores personas que conozco.
A mis compañeros, gracias, por ser sostén, apoyo, hombro, abrazo. Cuando llegué a esta cohorte después de 6 meses de pausa sentí mucho temor. Venía de una cohorte con características muy distintas a esta. Temí no hacer amigos, no congeniar. No pude estar más equivocada. Entré a un semestre de gente feliz, divertida y amigable. Gracias por recibirme como una más.
Estoy orgullosa de todo lo que son. Como dijo José de Letamendi: “El que sólo de medicina sabe, ni siquiera de medicina
sabe”. Me enorgullece saber que mis compañeros, no son sólo casi-médicos, sino
que son pianistas, cantantes, ciclistas, patinadores, tenistas, violinistas… Pero
más que artistas, más que médicos, estoy absolutamente convencida de que son
excelentes personas, de eso se han encargado nuestros padres y la institución
en la que nos formamos, de que al salir seamos humanos que nos graduamos
para cambiar el paradigma del médico actual.
Alguna vez leí que la medicina de hoy está enferma y sufre en sus cimientos la acción erosiva de un terrible morbo: el mercantilismo. En un país como Colombia, en el que la situación de salud no es la mejor y en el que el tiempo de consulta es limitado, hay algo que marca la diferencia, algo que está por encima de las falencias de un sistema de salud austero, algo que hace que el paciente salga más tranquilo y feliz del consultorio: La labor del médico.

Cuando apenas había comenzado a leer, mi mamá me regaló un libro maravilloso de Jairo Aníbal Niño que habla sobre una estudiante de primer semestre de medicina y una paciente de 12 años encantadora (lo recomiendo), cito: “Sé que para ti yo siempre seré Miguela y no la paciente 325C”... En ese momento, hace 17 años, aprendí la lección más importante en medicina, nunca la he olvidado y nunca la olvidaré.
El semestre pasado conocimos un panorama muy desalentador
cuando vimos derecho médico: Miles de personas están al acecho para recordarnos
que a pesar de ser humanos no tenemos derecho a equivocarnos, sin embargo, como
nos dijo el profesor de la materia: “No es que antes los médicos no se
equivocaran, es que tenían mejor relación con sus pacientes”. Ese es nuestro
compromiso, pensar siempre en el paciente, tratarlo con el mayor respeto y
gratitud, no olvidar que sin él, no seríamos nada.
Es la vocación de servicio lo que nos hace diferentes. Como
dijo Héctor Abad Gómez: “No es para ser lindos y pasar cuentas grandes y vender
píldoras de jalea (...) Es para ir por todas partes a curar, inventar y, en una
palabra, a servir”. Estamos para servir, con esa actitud salimos al
mundo. Gracias a mi universidad y a mi clínica por formarnos para tan noble
labor, me comprometo a responderles de la mejora manera.
Cliché y todo, pero no puede faltar: “Gracias, totales”.

Que lindas palabras, el leerlas recrea un poco la experiencia que está por terminar y la gran MÉDICA, que pronto será graduada.
ResponderEliminarEn el camino de la vida Dios nos muestra las maravillas de su creación, y hoy me enorgullece haber compartido contigo y poder reconocer la veracidad de calidad de persona que Eres, Salo.
Dios te bendiga y mil Felicitaciones por esta meta que estás por alcanzar..