"Equivocaciones"
Hace mucho no escribía. ¡Y qué
falta que me hace!
Equivocarse. Nos duele a todos. No
importa que nuestras abuelas nos hayan ensañado desde chiquitos que “errare
humanum est” y que aun cuando esperábamos una paliza tremenda por quebrar un
plato de su vajilla favorita, nos abrazaran con cariño y nos dijeran que era
normal, que a cualquiera podría haberle pasado. Nos duelen. Los grandes y los
chiquitos. A todos. Sobre todo a los orgullosos y soberbios, como yo.
Errores los hay de todos los
tamaños y sabores. Algunos son realmente errores y otros sólo fingen serlo,
porque quieren sentirse importantes. La mayoría de las veces no son graves por
su tamaño en sí, sino por lo que los demás puedan decir acerca de ellos. Así,
quebrar la vajilla favorita de la abuela puede parecer una nimiedad, pero si su
reacción hubiese sido desgarradora o violenta, el cuento sería otro.
He dejado claro mi posición poco
feminista frente a la vida (si pensamos el feminismo como la corriente radical
y absolutista en la que victimizar a las mujeres se vuelve un absurdo y
ridículo mecanismo de defensa; si lo pensamos desde el lindo punto de vista de
unos pocos, como la bellísima Emma Watson, pues mi posición frente a la vida es
muy feminista), sin embargo, hay algo que hay que aceptar (sin lloriquear): La
sociedad juzga, siempre, más los errores
que comenten las mujeres que los que comenten los hombres. Ejemplos pendejos y
obvios sobran: Un tipo puede tener diez novias en un año, pero si una mujer
tiene más de tres novios, ya hay escándalo. Un tipo puede serle infiel a su
esposa y no ser criticado, pero una mujer que le sea infiel a su esposo es una “indigna”
representante del género femenino… Y así.
Como mujer, entonces, sí que me han
pesado los errores (a pesar de no tener muchos años, he cometido bastantes) y
me pesan no sólo por mi género, sino por el lugar que me tocó en la sociedad.
Porque desde siempre fui la linda niña de mamá, la fiel amiga, la simpática
adolescente, la excelente estudiante, la generosa compañera. Entonces, sin
proponérmelo, terminé inspirando en los demás la esperanza de cumplir con unos
estándares cercanos a la perfección que soy consciente de que jamás alcanzaré.
Por eso (como si no fuesen suficientes las presiones personales y familiares,
el cuento que nos han metido en la cabeza de cumplir los sueños, de ser
“alguien en la vida”, de alcanzar las metas) uno termina viviendo la vida muy
alerta, porque un paso en falso puede desencadenar la decepción, los juicios y
la crítica de un montón de gente a la que uno no le pidió que estuviera
pendiente de uno, pero que lo está. Y quizás lo esté siempre.
Tal vez para algunas personas
perder un semestre, por ejemplo, no sea traumático, pero para mí, se convierte
en un riesgo fatal, un posible detonante que puede desencadenar tal decepción
en la prima de la tía de la hermana de la compañera de trabajo de mi mamá, que
termine sufriendo un infarto por mi culpa. ¡Qué presión!
Tal vez para algunas personas
terminar una relación sentimental estable, bonita y “ejemplar” sea normal. El
amor se acaba, los problemas existen y “todo tiene su final”; pero para mí, se
puede convertir en la depresión más terrible que pueda sufrir la cuñada de la
sobrina del padrastro del amigo de mi ex-novio, porque anhelaba ir a nuestro
matrimonio.
Los eventos más comunes, de las
personas más comunes, cuando se tratan de uno, se pueden convertir en sucesos
trascendentales para la vida de la gente a la que “le importas” (ojalá sea que
les importas y te quieren y no sólo que disfrutan del morbo que les produce
esperar a que se cumplan sus profecías mentales de que “tanta perfección un día
acaba”) y vives tu vida con un terrible miedo permanente, porque la cosa más
insignificante puede ser víctima del qué dirán y tu orgullo ridículo (si es
como el mío) te va a frenar a la hora de poder disfrutar muchas cosas bonitas
de la vida porque puede matarte el “qué dirán”.
Afortunadamente yo me he dejado
sacudir por la vida y me he metido (poco a poco, no es fácil) en la cabeza la
idea de que debe valerme popó lo que la gente opine; he disfrutado de las
equivocaciones (sobre todo de esas que dije que fingen serlo, pero no lo son
tanto) y he disfrutado de las lindas consecuencias que traen esos que para
muchos eran: “errores”.
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