"El montón que no quiere pertenecer al montón"
--Esto lo escribí dormida.
Si hay alguna incongruencia o si todo está horrible,
la culpa es del sueño y no mía.
En “Mis documentos” tengo una carpeta que se llama: “Posts
pendientes” como con 30 archivos medio-empezados en los que he escrito
tonterías que se me ocurren y que supongo que subiré alguna vez (cuando no gane
mi pena a ser leída por mucha gente conocida o mi miedo al ridículo). No le
saco el suficiente tiempo a esto y no publico nada. Tal vez éste no es el
momento ideal para hacerlo –Es la una de la mañana y debo madrugar a inglés, pues
terminaré perdiéndolo por inasistencia--, pero cuando me entra el arrebato, no
hay nada que hacer (ojalá me entrara más seguido).
Uno de esos archivos tiene el título “El montón que no
quiere pertenecer al montón”, parafraseando una gran sentencia dada por el
célebre Miguelito, mi personaje favorito de “Mafalda”, quien, al igual que yo,
vive reflexionando sobre cosas absurdas.
Una de tantas cosas de mi larga lista --que evidencia y me
recuerda lo vieja que estoy--, es: “Gente que se esfuerza por parecer diferente”.
Durante mucho tiempo sentí cierto tipo de incomodidad hacia las personas así.
Personas que, de manera sobre-actuada, muestran cómo se pasan la vida yendo en
contra de la corriente.
No se trata del hecho de vestirse de una manera poco común o
ese tipo de detalles insignificantes, sino de lo que aparentan ser y pensar, de
su comportamiento en general, del tono de voz que ponen al hablar, de la forma
como andan en manada, del tipo de temas de conversación que siempre ponen, de
la música que fingen escuchar, del “arte contemporáneo” sobre el que se creen
expertos y del etcétera eterno de cosas “diferentes”.
Mi mamá les dice “mamertos” (usa ese término muchísimo
tiempo antes de que fuese usado de manera irrespetuosa e intolerante por los uribistas).
Mi papá, que siempre iba dos pasos por delante, decía que “mamerto” era una
palabra que debería usarse para elogiar, pues tenía toda una connotación
histórica importantísima que ya no recuerdo y que ¡ni modo de preguntarle!
No tienen nada de malo ser así. Fue algo que me costó
entender. ¡No puedo ser intolerante con las personas! Acaso, ¿quién soy yo?
Tengo un millón de defectos que bien podrían ser juzgados por alguien, además, disfruto
de algunas cosas que no siguen la “línea principal” y nadie me ha dicho nada
(bueeeeno, “nadie" tampoco, tal vez un par de personas).
Porque ser diferente no está mal, pero ir por el mundo gritando “¡¡¡YO
SOY DIFERENTE!!!” sí me parecía un poco tonto. Al crecer, esta molestia ha ido
disminuyendo, a tal punto, que ni me doy por enterada de la existencia de esas
personas, sin embargo ayer vi esta imagen de una ilustradora argentina que hace
dibujos muy lindos y la idea volvió a mi cabeza.
¿Por qué será que hay personas así? ¿Será un problema de
identidad? ¡En fin! ¡Qué me importa! La gente puede ser como se le antoje y no
tiene porqué soportar que venga una niñita ridícula a opinar sobre lo que no se
le ha pedido. Y aunque a veces el desagradable ser interior, que en ocasiones
sale a flote (quisiera que no) y que hace juicios que no debería, piense que
las personas que quieren parecer diferentes y hacerse notar son ridículas; otras
veces, el otro ser interior, que es más lindo y amable, prefiere pasar por alto estas personas y adquiere una capacidad sobrehumana y maravillosa de descubrir gente realmente valiosa, gente que es diferente a las demás, gente que se hace amar sólo por existir y
que está mimetizada entre la población del común, pues, aunque saben que no encajan
perfectamente en el prototipo de persona usual, no les interesa formar una
élite aislada o un séquito de idiotas (de sí mismos) con un letrero gigante que diga: “Soy
diferente”.
Cuando conoces a esa gente, la que es diferente de verdad y no se preocupa por aparentarlo, te enamoras. Para siempre.
Cuando conoces a esa gente, la que es diferente de verdad y no se preocupa por aparentarlo, te enamoras. Para siempre.


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