Es importante mantener la esperanza, pero dosificada

A propósito de un proceso de paz en aparente "stand by", un viejo escrito (Me había dado miedo publicarlo).

“Si no sabe, no hable”. Esto le han dicho a uno toda la vida, por eso es que, ante un tema como éste, sobre el que siento que no sé, que no me he informado lo suficiente y sobre el que no soy una experta, temo aseverar cosas erróneas o caer en falacias.

Sin embargo, con lo poco que sé --que es de lo que un ciudadano común se entera gracias a sus clases de historia, a algunas lecturas y al hecho de ver, leer o escuchar algo de noticias--, me basta para decir que, sin duda alguna, la negociación de paz es algo que la mayoría de colombianos esperábamos hace mucho tiempo. Tengo claro que “negociación de paz” no significa “paz”. Pero es algo.

Si no fuera por el periódico ADN que me entregan en la entrada a la universidad o porque estoy suscrita a la revista semana desde mi Facebook, me habría enterado muy tarde de que este proceso se estaba iniciando. En realidad (y creo que no soy la única) al estar preocupada por los problemas personales, cierro los ojos ante los acontecimientos del país, que, sin duda alguna, deberían importarme tanto como los míos. Los problemas sociales nos competen a todos y, si bien le doy la razón a Antonio Caballero cuando afirma en su columna de la semana pasada en la Revista Semana (Lo bueno y lo malo de Oslo) que el proceso de paz no se puede convertir en un circo con muchos payasos, sí considero que, por lo menos, los colombianos deberíamos estar informados de lo que está pasando.

Debo confesar que, sin querer meterme mucho en asuntos políticos nunca, es inevitable que a veces se me salga lo izquierdista. Creo que la derecha le ha hecho, durante mucho tiempo, daño al país (no estoy diciendo que la extrema izquierda no); la idea liberal, demócrata, social, justa y equitativa de los liberales (que eran la izquierda de “antes”), se me hace mucho más atractiva que la idea conservadora, religiosa, absolutista, oligarca, aristócrata y egoísta de los conservadores de antaño (finjamos que no de los de ahora).
Estoy de acuerdo con que la guerrilla empezó como una forma de defensa de un pueblo sometido a las decisiones de unas cuantas familias (finalmente los liberales, aun con sus ideas diferentes, también pertenecían a las familias de renombre) y a la decisión de los gobernantes de turno (sí, de turno, literalmente hablando, pues las FARC surgieron justamente durante el llamado Frente Nacional).

A pesar de esto, que para mí es valioso, pues siempre he creído que el bienestar no debería ser para unos cuantos y que en el país deben primar los derechos de todas las personas;  de que sé que Colombia vive diariamente realidades dolorosas como consecuencia de la inexistencia de esos derechos que tendrían que ser fundamentales (como el trabajo y la salud) y de que estoy de acuerdo con que, al principio, la guerrilla buscaba cambiar estas realidades, TODOS LOS COLOMBIANOS sabemos que, hace mucho tiempo, las FARC botaron esas ideas a la basura y empezaron a jugar el mismo juego sucio que todos. Disfrazados de un falso aparente interés comunista son tan capitalistas como el mismo tío Sam.

Es por eso que es difícil creerles algo. Pegué el grito en el cielo cuando vi un vídeo de las declaraciones de Iván Márquez… Me sentí ofendida. Es cierto que la guerrilla no es el único problema, es cierto que el gobierno ha centrado su meta en acabar con ella mientras los problemas sociales abundan alrededor, es cierto que las AUC siguen existiendo (aunque se insista en negarlo) y que han hecho el mismo, o incluso más daño que las guerrillas, todo esto es cierto, pero a estas alturas y después de que ya se han untado de narcotráfico, de secuestro con víctimas no políticas y de extorsiones a campesinos inocentes… ESE DISCURSO ME SABE A MIERDA (no encuentro una mejor expresión). ¿Acaso creen que somos idiotas?

Obviamente la esperanza no debe perderse. Tras años de lucha armada y de dinero que podría ser invertido en los problemas sociales y no en el financiamiento de ésta (como escribe Daniel Coronell en su columna “Cinco lecciones”, Iván Márquez pretende afirmar lo contrario: que la condición para acabar con la guerra es la solución de los problemas sociales y no al revés, como debería ser realmente) pensar que la guerra se acaba con guerra no tiene sentido. Sí, Uribe (el “redentor”) logró apaciguarlos un poco, pero mientras no haya algo de justicia social, inmediatamente cese la presencia militar, se van a seguir formando grupos que recurran a estrategias violentas para intentar cambiar las cosas. Por eso estoy convencida de que la mejor forma de lograr grandes cambios es dialogando (crecí con esa idea). ¿Que la guerrilla es un hueso difícil de roer? Sí. ¿Que van a seguir justificando su accionar inmoral en una realidad social a la que ni siquiera pertenecen ya? Sí. ¿Qué no les interesa adquirir un compromiso ni un plazo claro? También; pero no perdemos nada con intentarlo. Ya accedieron a hablar. Eso es un buen paso.

Nadie dijo que fuera fácil, hay que ser claros y fuertes; la contraparte (es decir, el gobierno) no debe ceder fácilmente, no se debe confiar, debe exigirles a las FARC  que establezcan plazos claros, debe dejar de tener la negociación como su bandera de gobierno, debe ser escéptica (porque las cosas pueden salir mal). Sin embargo, la esperanza debe permanecer, pensar que porque fue imposible en el pasado va a seguir siéndolo en el presente es un pensamiento de cobardes y, en este momento, no nos sirve ser cobardes, nos sirve ser fuertes, esperanzados, pero fuertes. La esperanza debe ser dosificada.

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