De la amistad y otros demonios

Porque los amigos son demonios que vienen, nos hacen felices y luego se van.

Entrar al jardín de infantes trae consigo ciertos traumas pasajeros. Aunque eso depende de la personalidad de cada niño, debo confesar que yo, por ejemplo, sufrí más de la cuenta el primer día. Hice un berrinche de esos detestables, me agarré como un tití de la pierna de mi mamá y lloré hasta que mis pulmones estuvieron a punto de colapsar.

Uno hace amigos y las cosas cambian. Yo tengo una facilidad desmedida para recordar nombres. Recuerdo a Yessenia, Ligia, Lina, Érika… Mis primeras amigas de la guardería, que, junto con Laura, mi vecina, eran mi “círculo social” de la primera infancia. Ellas hicieron más familiar el ambiente, más llevadero el trauma.

La gente no es para siempre (aunque hay unos pocos casos excepcionales), eso es algo que uno termina entendiendo, aunque duela. De esas amiguitas, sólo veo a una, de vez en cuando.

Lo mismo pasa con los otros grupos sociales de los que uno  se va haciendo partícipe a lo largo de la vida. Y no por aquello que dicen en las redes sociales de que “los amigos que no son para siempre es porque no son reales”, sino porque uno llega a tener buenos amigos que son amigos sinceros y “de corazón” pero que por las circunstancias de la vida se alejan y eso no quiere decir que no lo fueron nunca.

Con mis amigos de la escuela, del colegio y de mis primeros semestres de universidad pasó lo mismo. Los acontecimientos,  el tiempo y la distancia deterioraron las relaciones a tal punto que con algunos sólo nos permite saludarnos la  casualidad. En el momento fueron grandes amigos, amigos en los que deposité mi confianza y mi cariño pero que ya no están. No los culpo, yo tampoco los llamo ni les escribo con frecuencia; pienso poco en ellos y no me preocupa mucho su bienestar (no me siento muy orgullosa de ello). Estoy dispuesta a ayudarlos si necesitan algo, pero si nunca me buscan, yo tampoco los busco.

De esas relaciones de amistad en las que se llaman, se cuentan todo, se piden consejos y, sin importar los años o los kilómetros, siguen siendo los mismos los unos con los otros, hay pocas… Bienaventuradas, claro. En mi caso no es así y, no sé si decir afortunada o lamentablemente, no me duele, no me hace falta, no me siento mal ni sufro por no tener verdaderos amigos. Supongo que uno se va volviendo más simple a medida que envejece y se conforma con las situaciones y las personas del momento. Es eso o que cada vez me voy volviendo más de piedra.

Últimamente un compañero de la U que se cree terapeuta emocional, me tiene en una supuesta “terapia” no solicitada por mí, cuyas citas son todas las tardes en el carro, de camino a nuestras casas. “¿Usted por qué no tiene amigos, Salomé? ¿Por qué no se abre un poquito más? ¿Por qué no nos cuenta asuntos de su vida distintos a qué comió ayer?..” Tal vez no lo quiero aceptar, tal vez es que me volví muy exigente (no tendría por qué, ni que fuera quién sabe qué clase de persona) con la gente que quiero a mi lado, tal vez pocas personas me convencen.

Puede ser eso o, mejor, que no me esfuerzo por hacer grandes amigos, que soy feliz con lo que tengo y que, así sea ingrata, quiero mucho a los que sé que están por ahí, escondidos.

Finalmente, como le escribí alguna vez a una compañera: “En el mundo todo es efímero, volátil, fugaz, instantáneo... La materia no se destruye, se transforma. Y, para gente optimista como yo, la materia se transforma para bien... ¡Todo se transforma para bien! Personas afectadas como consecuencia de estas transformaciones siempre habrá, pero, sin ser muy egoísta, hay que pensar qué tanto lo benefician esas transformaciones a uno. Las personas son materia, no hay nada garantizado en la vida. Los papás, tíos, primos y abuelos seguramente estarán siempre para uno, en la medida de sus posibilidades, pero los demás, los demás son más irreales que cualquiera. No tenemos a nadie asegurado, hoy puedo parecer ser la amiga incondicional de alguien y mañana tal vez esa persona me sea indiferente o yo le sea indiferente a ella. Las personas van y vienen, y no es cierto aquello de que "sólo se quedan las que valen la pena", hay muchas que valen la pena pero que simplemente siguen rumbos diferentes, toman otras decisiones que los llevan por caminos alejados del nuestro y están en todo su derecho, no tiene nada de malo. Así, como uno entiende que a cualquiera le puede pasar eso, los demás deben entendernos cuando seamos nosotros quienes decidamos partir. No vale la pena sacrificar nuestra felicidad y tranquilidad por la felicidad y tranquilidad de otros a quienes ni siquiera tenemos asegurados.”


Quiero a todo el mundo y me encariño fácilmente con la gente, pero con esa misma facilidad me desacostumbro, me olvido y me deja de doler. Acepto a los que llegan y no lloro por los que se van. No soy apegada a nadie, así no sufro cuando parten. Tal vez mi compañero tiene razón. Tal vez sí soy un poquito asocial. Supongo que eso no está bien. ¿O sí? 

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