La insoportable superficialidad sentimental del ser

Esto lo empecé a escribir hace casi siete meses. Apenas terminé hoy.

Dije que no hablaría de cosas personales y me contradigo, como de costumbre. Igual, con cosas personales me refería, sobre todo, a historias de amor, decepción y sexo sobre las que tanto hablan en otros blogs (No insinúo que sea malo). 

Este escrito no deja de ser personal, pero igual quiero compartirlo.


**El nombre es porque con mi mamá jugamos a mezclar
"La insoportable..... del ser" con cualquier cualitativo**

Los seres humanos tenemos la tendencia a creernos buenos. Yo ya hace un buen tiempo me di cuenta de que no lo era. No lloré (algo muy raro, por cierto).

Lo ideal siempre sería escribir las cosas en el momento en el que se sienten o se piensan, sino, después el tiempo se va y junto a él, las ideas. Quería escribir sobre la insoportable superficialidad sentimental del ser, quería escribirlo en el momento, cuando mi corazón se sentía destrozado y mi cerebro no hacía más que darle palo.

He dicho varias veces que estas “columnas” (digámosles así, eso les da un toque cool) jamás serán de confesiones amorosas y cosas por el estilo, así que no malinterpreten, ésta tampoco lo es. Éste es simplemente un desahogo acerca de algo que creo que nos pasa a todos.

Me las doy de fuerte, de “berraquita”, de luchadora y madura, de inmutable, de impenetrable, de inquebrantable… Pero no lo soy, ni un poquito. Soy sensible y chillona.

“Soy sensible”, lo acepto. Lloro con casi todas las películas, lloro con las noticias, lloro cuando veo niños en la calle, lloro cuando visito hospitales y veo ancianitos enfermos y solos (estoy segura de que no quiero ser geriatra, el llanto no me dejaría trabajar). El alma se me parte en pedacitos con todo. Pero el dolor por el sufrimiento ajeno se me pasa rápido, y vuelvo a ser tan egoísta como cualquiera.

Hablaré de una experiencia muy personal y de una persona que conocí. Se llamaba Julián. Decir “se llamaba” es sumamente lamentable; y, aunque ha pasado mucho tiempo, recordarlo vuelve y me remueve las fibras del alma (mi novio se burla de mí cuando insinúo que el alma tiene fibras) y me hace sentir muy mal.

Julián era un vecino. Nunca concocí a sus padres, sólo sé que eran muy pobres, que tenía una historia difícil. Dicen que su mamá es drogadicta y sus hermanitos menores no se están formando de la mejor manera. Julián, además, era sordo.

Tenía como 23 años, aunque su apariencia era de un muchacho de diecisiete. Estaba extremadamente delgado y no sabíamos por qué. Luego, por los vecinos, nos dimos cuenta de la razón de su delgadez: Julián tenía cáncer.

Yo no podía mirarlo a la cara, lo saludaba pero luego me iba a llorar a mi casa. Mi mamá me mandaba a darle “Kola Granulada” o “Ensure” (sobre todo la primera, el segundo es muy costoso), pero no era capaz. Él quedaba infinitamente agradecido y me miraba con los ojos llenos de ternura, de bondad. Yo no podía. Me sentía la persona más inútil del mundo… Y la más desagradecida con la vida. En el fondo sabía que Julián iba a morir y que yo no podía hacer nada para cambiarlo.

A veces me preguntaba si Julián conocía el cine o los parques de diversiones y pensaba que sería chévere llevarlo. Consideré que podría ofenderse y nunca se lo propuse, con eso me excuso, aunque sé no hay justificación. No lo hice porque se me olvidó, lo cual me hace una falsa.

Le hice prometer a mi mamá que haría todo lo que estuviera a su alcance para cambiar el rumbo de la historia, para evitarle la muerte si era posible o para hacerle más digno el pedacito de vida que le quedaba.

No soy nadie, no soy nadie para decir qué es justo y qué no, pero no puedo evitarlo y, como humana, no dejaba de pensar que la vida no era justa con él. No es posible que uno se esté muriendo y no pueda gritar, no se pueda desahogar con nadie, no pueda decir lo que siente.

En realidad Julián no tenía cáncer. Sólo tenía un nivel de desnutrición severo y, para completar, diabetes. Nada me parecía más terrible. Uno sabe que hay niños en el África y, por no ir tan lejos, en el Chocó que mueren de hambre, literalmente, todo el tiempo… Pero cuando pasa frente a tus ojos, a cinco cuadras de tu casa, es otra historia. Julián se iba a morir de hambre, a mí nunca me ha faltado un pedazo de pan. ¿Hay algo más doloroso?

Continué con mi vida académica y Julián se me olvidó. Es ahí cuando me siento despreciable. Mi mamá y mi tía cumplieron con su promesa y no se desentendieron nunca de él. Ambas (con otras vecinas y con su abuela, que vino desde muy lejos para hacer lo que su mamá no hizo) se turnaban para pelear en el hospital por una atención oportuna, para lograr que lo internaran y para acompañarlo mientras estaba ahí, así los médicos dijeran que por él no se podía hacer nada. Siempre trabajaron en silencio, hasta que otras personas se enteraron de la situación y corrieron la ola. A Julián le empezaron a mandar más cosas, medicamentos, dinero, comida...

A veces me acordaba de preguntarle a mi mamá cómo iban las cosas. A veces ni siquiera recordaba su existencia, porque estaba ocupada con parciales y pendejadas académicas.

El nivel de inmunosupresión de Julián era elevadísimo y su estado de desnutrición era lamentable. Efectivamente, falleció, como muchos médicos aseguraron sin misericordia.

Aunque todavía lloro la muerte de mi papá algunas noches, siento que no me dio tan duro como la de Julián. Primero porque la muerte de mi papá fue su decisión y porque no murió de hambre; segundo, porque no me sentía tan culpable. Con Julián fue diferente, yo sentía que podía haber hecho más, que por lo menos mostrar interés en cada llamada de mi mamá habría sido más significativo y porque además, no creo que Julián quisiera irse tan rápido.

No dejé de llorar en mucho tiempo. Mi mamá me repitió una y otra vez que no era nuestra culpa, que ellas hicieron todo lo que pudieron y que todo eso también fue en mi nombre, pero que no se podía hacer nada, que era voluntad de Dios y que donde estaba, se encontraba mejor.

No fue fácil alentarme. Busqué culpables; me enojé con Dios, con la mamá de Julián, con el Estado, con el municipio, con el sistema de salud. Sentía que Dios era malo por haberlo dejado morir y por haberle dado una historia tan difícil, sentía que su mamá era mala por no haberlo cuidado lo suficiente y por no cumplir su papel de madre,  sentía que el Estado y el municipio eran malos por no tener programas de apoyo para las personas como él, sentía que era el sistema de salud por no ser eficaz y por no tomar las mejores medidas para estabilizarlo a tiempo y prolongarle la existencia. Luego reduje la gama de “malos” a uno solo: yo. Entendí que yo no era mejor que ninguno. Que con su mamá no debía meterme y con Dios menos, que las entidades públicas tienen falencias y que ahí no hay nada qué hacer. Yo era igual o peor que ellas porque yo no hice nada y porque mi sensibilidad y preocupación fueron superficiales, aunque no planeara que así fueran. Porque soy más egoísta de lo que quisiera y porque mientras estuviera en mis asuntos, la vida de Julián ni siquiera se me pasaba por la mente. Porque murió y no pude ir a su entierro, porque al escribir esto vuelvo y lloro  desconsoladamente, pero no he visitado su tumba (aunque sé que eso es más simbólico que cualquier cosa). 

¿Qué más puede hacer uno cuando se entera de que no es tan bueno como siempre creyó? Orar, por él y por su alma y por mí. Porque mi caridad es superficial, porque mi sensibilidad es efímera, porque mi llanto pareciera no ser sincero. Porque soy más egoísta que cualquiera.

Sólo me queda tener madurez para no darme mucho látigo, ser más humilde y entender que no soy perfecta, y conciencia para no creerme del todo inocente, aceptar la realidad, reconocer mis limitaciones, pedir perdón por no hacer lo que sé que pude haber hecho y entender que no son suficientes las buenas intenciones.

Supongo que nunca es tarde para lograr que los sentimientos abandonen la superficie y se sumerjan un poquito y para ser tan buenos como quisiéramos. Aunque ya el hecho de ser humanos suponga que no lo somos. La vida se edifica a partir de la construcción de la escalera que nos lleva a la bondad. Porque si no vivimos para hacer el bien, entonces ¿para qué vivimos?

Que Julián descanse en paz, y me perdone.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Aniversario papá

Gracias, señor 2022

Cada vez más cerca