¿Pañitos de agua tibia?


La mayoría de entradas de este blog terminan siendo sólo tareas de Comunicación, es una verdad no lamentable. Creo que hay cosas que no son para publicar. Ya les he mencionado por los laditos que me parecen “jartísimos” los blogs que se basan en decepciones amorosas, en consejos para la vida, en experiencias fallidas en el sexo, en “pensamientos profundos” nacidos a partir de crisis existenciales, o en indirectas públicas disfrazadas de poemas. Con el respeto de muchos, eso me parece (no logro encontrar una palabra menos fea) patético. Y no es que uno no pueda escribir sobre eso; siempre he pensado que la mejor forma de ahogar las penas es escribir (o cantar) pero esas cosas no se publican, no a mi parecer… ¿Con qué sentido? ¿Para que todo el mundo se sienta identificado y diga “¡Oh! Le ha pasado lo mismo que a mí pero sabe plasmarlo mejor que yo”? ¡Qué ridiculez! Por eso es que me limito tanto con este blog, por lo mismo por lo que dudé tanto para publicarlo. Porque no quiero caer en eso.

Tal vez estoy equivocada, seguramente los mejores escritores que han existido escribieron sus experiencias dolorosas, las publicaron y se hicieron famosos con ellas. Como ya he dicho que no me interesa hacerme famosa, eso poco me importa. Muchos poetas, por su parte, son valiosos, justamente, por escribir basándose en sus desdichas, pero a mí, casualmente, esos poetas no me gustan.

Echo toda esta cháchara porque, esta vez, hay una excepción a la regla. Soy un ser humano, y como tal, he tenido varias contradicciones en mi vida; puede sumarse ésta a la lista. No importa.

Mi abuela se está leyendo un libro cuyo título me produce risa: “¿Por qué le pasan cosas malas a la gente buena?” y pues bien, yo, por supuesto, también me he hecho esa pregunta, pero entendí muy temprano que las cosas buenas le pasan a todo el mundo y que las cosas malas también. Estos días agobiantes me han hecho preguntarme algo parecido (y sí, me burlo) ¿por qué nos va mal en los parciales a los que estudiamos tanto? Esa podría parecer una pregunta filosófica. Quién sabe qué me respondería mi papá (debe estarse riendo al ver las banalidades por las que me preocupo). Dos de mis profesores (de esos grandiosos) me dijeron que la nota era lo de menos, que uno debe confiar en lo que sabe y que todas esas cosas que se olvidan durante el parcial se recuerdan después. “Eso es lo que dicen todos”, pensé… Sobre todo cuando han sido personas brillantes toda su vida y no les ha costado mucho trabajo ser buenos (uno siempre supone eso)… Esta vez, sin embargo, lo tomé en serio.

Hay una premisa que es cierta y es que el mundo no necesita más gente imbécil… Yo creo que ya tiene bastante. El mundo está cansado de la gente egoísta, el mundo necesita gente buena. Y si bien “buena” es una palabra muy grande, también es cierto que es posible serlo, o por lo menos intentar serlo; y sólo intentar ya es muy valioso.

Porque gente inteligente hay mucha, gente a la que se le desbordan los conocimientos, también. Pero, ¿de qué sirve un profesional que sepa muchísimo de su campo pero con el que no se puede conversar porque no tiene ni idea de cultura general, porque no sabe lo que pasa en el país, porque ni siquiera sabe cuándo es el día de la raza; o que pretende trabajar con personas pero les tiene fobia, asco, desprecio o poco respeto; o que es antipático y poco cortés; o que se comporta de manera inmoral o antiética y trata  a sus iguales como una cosa y no le importa? ¿De qué sirve?

Por eso me siento bien, tal vez sean simples pañitos de agua tibia, pero me funcionan. Ojalá les funcionen a ustedes; recuerden que si no les va tan bien como quisieran en sus parciales, pero, antes que nada, son personas auténticas, desinteresadas, cordiales y con buena reputación, no tienen por qué preocuparse; pues, aunque no haya una respuesta concreta a la pregunta de “porqué nos va mal”, sí puedo decir que ese “ir mal” no es más que sacar “notas bajitas” y que esto, en últimas, no es nada.

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