Películas...
Con las películas me pasa casi igual que con las canciones y con los libros; conozco muchas pero si me preguntan "¿Cuál me recomiendas?" no recuerdo el nombre de ninguna.
He aquí un escrito sobre una muy buena película española que sí, la recomiendo: "La lengua de la mariposa".
Sin profundizar
(y sin tiempo para hacerlo) en el tema de la Guerra Civil Española, del que la
verdad es que poco sé; sólo con ver la película “La lengua de las mariposas”
puedo ver lo que, a mi parecer, es uno de los problemas más graves que la inmedible
intolerancia, causante inevitable de las grandes guerras, acarrea: ser lo que
no se es por miedo a ser asesinado por ello, en otras palabras, disfrazar
nuestra verdadera condición (física, social, emocional, sentimental, entre
otras) por temor al juicio que pueda recaer sobre nosotros, porque nuestra
realidad nos resulta vergonzosa, de algún modo. Si esto no es justificable, por
lo menos es comprensible. Ahora bien, que este contexto de violencia-miedo
provoque cosas como que aún después de conocer y a amar a alguien justo,
inteligente, valiente, liberal y en todo sentido adorable, verlo víctima de las
más cruentas e injustas privaciones de libertad (y de una muerte segura, sin
duda alguna) por simple intolerancia de un régimen embrutecido y simplemente
darle la espalda (o “escupirle en la cara”, que es peor), ¿es perdonable?
Yo diría, tal
vez sin ninguna autoridad, que no, no es perdonable. Si bien me atrevo a pensar
que es mucho más despreciable y reprochable aquel que por vergüenza y cobardía
deja que se cometan atrocidades, que aquel que, aun equivocado, hace el daño
‘de frente’, convencido --tal vez-- de que lo que hace es lo correcto; también
pienso que si yo fuera el padre de Moncho, con el dolor más profundo de mi
alma, tendría que poner por encima de mis ideales, el bienestar de mi familia.
Es por eso que, cuando pregunto si es perdonable, no hago referencia a la actitud
de las personas, sino a la situación causante de esta actitud: no es perdonable
que por la intolerancia de un gobierno, relaciones de amor sincero y
manifestaciones de deseos de verdadera libertad se vean truncados de forma tan vil.
Es casi tan doloroso como para los creyentes es pensar en que matamos y
azotamos a nuestro propio redentor.
El mismo
profesor que le dijo a Moncho: “El odio, la crueldad, nosotros mismos somos el
infierno”, “La libertad estimula el espíritu de los hombres fuertes” y que dijo
públicamente: “Si consiguiéramos que una generación, una sola generación crezca
libre, nadie les podrá robar la libertad”; tuvo que ser testigo de cómo ese
odio, esa crueldad, ese infierno; se comían de a poquitos cualquier espíritu,
cualquier fortaleza, cualquier valor, cualquier libertad. Tuvo que ver, de
frente, como esos mismos síntomas de violencia hacían que de camino hacia la
muerte, la despedida del mismo Moncho, fuera una pedrada; una pedrada bañada en
lágrimas de dolor.
Reitero entonces
que no es justo, no es justo ver que el temor que causa la guerra, haga que un
niño quiera ser lo que no es, aun ante quien menos querría serlo.
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