Diferencia entre humanismo y humanitarismo y la necesidad de ambas en la formación y labor del médico
Dedicatoria
A Juan, mi padre -quien
de seguro me lee desde un mejor lugar-,
por, sin siquiera darse cuenta, enseñarme a ser desinteresada, a hacerle el bien a los otros por simple caridad más que
por obedecer un precepto, por hacerme descubrir que la bondad no está en lo que
se dice sino en lo que se hace, por ser mi inspiración durante casi todo el
proyecto de lectura e investigación.
A Ana, mi prima, por
ser mi más grande motivo de alegría; a Sandra, mi tía, por las conversaciones
que sólo se pueden tener con las tías, por confiar tanto en mí; a Édinson, mi
tío, por amarme y consentirme desde que tengo memoria; a Vicente y Aurora, mis
abuelos, por creerme su mayor motivo de orgullo, por darme tanto amor y tanta
alegría; a Nelson, mi tío, por ser mi hermano mayor por mucho tiempo y por Juan
Pablo, mi próximo motivo de alegría.
A Jairo, mi novio,
por enseñarme a descubrir cosas nuevas, por ayudarme a romper mis esquemas, por
apoyarme de manera incondicional, y más que nada, por nunca haber dejado de ser
mi mejor amigo.
A mis amigos, todos,
a quienes adoro y que me hacen ser feliz y olvidar que la vida tiene altibajos
y nubes grises.
A Esperanza, mi
madre, mi esperanza; por amarme de manera inconmensurable, por leerme desde
pequeña, por enseñarme a amar los libros, por avivar en mí el gusto por
escribir, por preocuparse por mi ortografía, por hacer de mí una persona
sensible, por fomentar mi amor por el
prójimo, por, sin proponérselo, ayudarme a descubrir que lo que quiero ser en
esta vida es médica, una buena médica.
Agradecimientos
Agradezco a Dios, por
haberme dado, no sólo la vida, sino la capacidad para pensar y para sentir; a
Héctor Abad Gómez por motivarme a ser tan buena médica como él; a Héctor Abad
Faciolince, su hijo, por registrar todas esas anécdotas y escribir un libro tan
profundo y conmovedor; a mi madre por enseñarme casi todo lo que sé sobre
letras y por incentivar mi escritura constante; a mi padre por ser mi
inspiración; a mi profesor, por corregir mis errores, enseñarme cosas nuevas,
darle valor a mis escritos, contagiarme de su pasión por la lectura y hacer que
renaciera en mí el deseo de buscar, con más frecuencia, los libros.
Una puerta entreabierta hacia el estudio del humanitarismo en
la medicina
INTRODUCCIÓN
Nunca
estamos solos. Para existir, por ejemplo, necesitamos que dos células se unan;
para formarnos, necesitamos que una mujer nos albergue dentro suyo y nos
proporcione protección y nutrientes; al nacer, lo mejor es que alguien nos
reciba; para aprender a caminar, a comer, a leer, a escribir y a hablar, necesitamos
de otros que nos enseñen.
Cuando crecemos no
perdemos esta condición. Ya decía Cicerón: No
hemos nacido solamente para nosotros. Para vivir, y sobre todo, para
sobrevivir (más en este planeta tan hostil)
necesitamos de otros, y estos, a su vez, necesitan de nosotros.
Aunque siempre he
pensado que el ser humano no está por encima de ninguna especie en la escala
evolutiva, sí considero que hay un lugar especial para él en el ecosistema y
que, como miembro de la sociedad, tiene una dignidad inherente que jamás debe
serle violentada. Por eso, aunque también se siente compasión por los animales,
por los árboles y por el resto de seres vivos, y hay espacios dedicados
únicamente a la protección de estos, lo que más se procura es la sensibilidad
entre nosotros mismos, entre los de esta misma especie, que si bien, no es
superior, sí es la nuestra, y por lo menos ésta debemos procurar mantenerla
bien.
El
humanitarismo, entonces, se basa en ese interés, esa preocupación y esa
compasión por las desgracias de los otros humanos. Desgracias como el hambre,
el frío, el sufrimiento, el dolor, la enfermedad. Desgracias que, seguramente
experimentaron los primeros habitantes de la Tierra y que aún experimentamos
todos los que estamos de turno en ella. Desgracias que aquejan mucho más a
personas indefensas y débiles que necesitan más ayuda y más compasión que
nosotros, personas que nacieron con carencias, como la falta de comida, por ejemplo, pues como escribe Abad
Faciolince (2006), citando a su padre: “Sin alimentación, ni siquiera es verdad
que todos nacemos iguales, pues esos niños ya vienen al mundo con desventajas”.
El humanitarismo
debería competernos a todos. Todos los seres humanos deberíamos sentirnos
conmovidos por nuestro prójimo y deberíamos procurar ayudarlo (no
necesariamente al más necesitado y pobre; puede ser al más poderoso y
adinerado, siempre que sienta que algo lo aqueja y se vea indefenso ante ello),
sin embargo en este texto me enfocaré en un subgrupo específico de personas a quienes el humanitarismo se les hace
indispensable, necesario, obligatorio: los médicos.
Los médicos, y los
estudiantes de medicina estamos llamados a ser personas cultas que cumplamos un
papel en la comunidad, una misión en La Tierra, una condición en la vida:
ayudar a los otros; pero esta ayuda, para que sea significativa, debe ser
desinteresada.
Deben ser ejemplo
para nosotros personas como el médico Héctor Abad Gómez, quien, antes que ser
un médico de escritorio que se creyera
semi-dios (como muchos), prefirió ir por los barrios más pobres de su
ciudad, brindándole condiciones más saludables a los más necesitados,
defendiendo, hasta la muerte –literalmente- los derechos de los más indefensos.
SÍNTESIS I
La medicina es, y ha
sido considerada por mucho tiempo, una carrera que eleva el estatus de vida, y
le da renombre y distinción a la persona poseedora del título de “Médico”. Se
cree que son ellos quienes tienen los mejores carros, las mejores casas y los mejores
sueldos; muchos de los médicos que se acogen a este estatus, y que se preocupan
por seguir ese ritmo de vida, pueden llevar a tal nivel su preocupación por
hacer dinero, que olvidan su misión en la vida: procurar el bienestar humano,
lo cual, no es otra cosa sino humanitarismo.
Muchos
autores han opinado al respecto, y coinciden en que los médicos de hoy en día
han abandonado casi que por completo el interés por servir al paciente, han
vuelto la medicina una mercancía, se sienten seres superiores. Otros, por su
parte reiteran la necesidad de que los
estudiantes de medicina sean instruidos para el rescate del humanitarismo como
su filosofía de trabajo, es decir, para hacer más humana su profesión, más
ética, como dice Abad Gómez (2007): “Seguimos siendo
demasiado animalizados, a pesar de los progresos técnicos y científicos.
Necesitamos más progreso ético. Hacia ese amplio fin, no hacia el estrecho de
ser simplemente un jefe, deberías orientar tu vida”
León (2007) afirma
que la mercantilización es una enfermedad que aqueja a la medicina: “La
medicina es una profesión y no un negocio. Tal es el concepto tradicional
acerca de tan notable actividad, sólo que la medicina actual está enferma y
sufre en sus cimientos la acción erosiva de un terrible morbo: el
mercantilismo.” Pérez (2001), a su vez, describe la inherente dependencia entre
la definición misma de medicina y la de humanitarismo: “Es difícil hablar de la
especificidad de la medicina humanitaria cuando la propia definición de la
profesión médica, desde los tiempos de Hipócrates, ya exige ciertas dosis de
humanitarismo.”
No se puede ser
médico si no se es humanitario, quien no lo sea, simplemente no será realmente
un médico nunca: “Sí, doctorcitos: no es para
ser lindos y pasar cuentas grandes y vender píldoras de jalea (...) Es para
mandarlos a todas partes a curar, inventar y, en una palabra, servir” dice
González en el libro de Abad Faciolince (2006).
El mundo no quiere,
ni necesita más médicos magos, “para ellos, el
médico ha de seguir siendo el pontífice máximo, encumbrado y poderoso, que
reparte como un don divino familiares consejos y consuelos, que practica la
caridad con los menesterosos con una vaga sensación de sacerdote bajado del
cielo, que sabe decir frases a la hora irreparable de la muerte y sabe
disimular con términos griegos su impotencia” dice Abad Gómez citado por Abad
Faciolince (2006); lo que el mundo requiere son médicos que trabajen con el
alma.
¿Hasta dónde “ser
humanitario” es un común denominador en todos los médicos, y hasta dónde es un
sentimiento sincero y no una actitud hipócrita para parecer bonachones? Y es
que no debe entenderse como humanitario el único hecho de ser amable con el
paciente y de encontrar el medicamento que le quite el dolor, sino la verdadera
preocupación por su bienestar, dentro y fuera del consultorio.
Por otro lado, como
si no fuese suficiente con los médicos de escritorio que olvidan qué es el
humanitarismo, algunos autores como Rieff (2003), sostienen que las pocas organizaciones
que sí son humanitarias han dejado atrás su principio de neutralidad política
al animar a la comunidad internacional a tomar partido para detener las guerras
civiles y la limpieza étnica. Esto, es sumamente preocupante, pues, para
garantizar una verdadera acción humanitaria, la independencia, sobre todo
política, es imprescindible.
Además, resulta
decepcionante para cualquier admirador de grupos como Médicos sin Fronteras o
la Cruz Roja, que son la expresión misma del humanitarismo, el verdadero
sacrificio por el prójimo para procurar su bienestar, el seguimiento del
proceso del paciente más aislado de la sociedad y que no tiene acceso a muchos
recursos; la apreciación de Rieff, por eso debemos promover el interés por la
búsqueda de mayor información sobre el tema.
Ya he hablado del
humanitarismo visto desde el perfil del médico y de las organizaciones
humanitarias, pero ¿qué papel juega la sociedad en el desarrollo del
humanitarismo en la medicina y cómo contribuye la medicina al bienestar de la
sociedad?
El papel de
la sociedad en el desarrollo de la medicina humanitaria
SÍNTESIS II
Como dije anteriormente, el afán por conservar la
dignidad esencial del hombre es el que conlleva a la existencia del
humanitarismo como corriente ideológica. En el mundo, no obstante, hay una
contradicción permanente, según Relgis (1950):
El humanitarismo proclama la fraternidad de los pueblos
como primera ley moral, pero los pueblos cultivan sus enfermedades morales y
los azotes sociales con el ahínco del ignorante que se envenena todos los días
con el alcohol, con el opio, con la nicotina, persuadido de que las ilusiones
de la embriaguez y las humaredas del sueño son más reales que los «intereses
colectivos».
Lo que indica
que la ignorancia, en muchos casos, se vuelve un impedimento para los pocos
humanitarios o filántropos que sueñan con salvar el mundo. Resulta imposible salvar
un mundo que no quiere ser salvado.
A pesar de
esto, hay una lucha frecuente por conseguir el bienestar de la sociedad entera,
la tranquilidad, la paz y la alegría que los humanos anhelan y que en
ocasiones, por no decir siempre, se hacen utópicas. Creo que la medicina, si
bien no puede asegurar la felicidad completa, de algún modo tiene como
finalidad suministrar algo de esa tranquilidad y esa paz que las personas
buscan; trata de hacer más llevadera la enfermedad, más esperanzador el futuro,
más serena la existencia, por eso es mucho más que simplemente “aliviar
enfermos”, como dice Barón (2007): “Medicina no es
sólo curar las enfermedades, sino mucho más. Es cuidar al hombre que sufre,
aunque su sufrimiento sólo tenga una relación marginal con la enfermedad”, pero
la enfermedad, según Aldereguía (1991), tiene una relación inevitable con la
sociedad: “La
importancia de la enfermedad desde el punto de vista social la determina su
frecuencia, las diferentes formas de relación etiológica entre las condiciones
sociales y su enfermedad y la atención del ambiente económico y social para
evitar las enfermedades”; considero entonces que esta relación es dual, los
factores sociales pueden ser causantes de enfermedades, pero la misma sociedad
debe garantizar estrategias que ayuden a contrarrestarlas.
Los
médicos (y estudiantes de medicina) no podemos dejarnos amilanar por estas
razones, debemos seguir fieles a nuestras ideas y principios. Debemos ir en
contra de la corriente, luchar sin pausa (aunque a veces nos sintamos solos)
para tratar de generar conciencia de cuidado en las personas y ayudarlas, sin
miedo, a salir de las condiciones en las que ellas mismas se han visto inmersas.
Esto, obviamente, buscando, gestionando e intentando garantizar un buen respaldo.
La resignación no es algo digno de alguien que se forma para ‘salvar vidas’, no
está bien cruzarnos de brazos y decir que este es el sistema de salud que nos
tocó y que qué le vamos a hacer, ¡no señor! Hay que buscar alternativas para
ofrecerles a los habitantes de este país soluciones a sus enfermedades. Si la
sociedad es la causante de sus males, la sociedad debe ayudarles a repararlos.
Diferencia
entre humanismo y humanitarismo y la necesidad de ambas en la formación y labor
del médico
SÍNTESIS
III
Seguramente lo ideal hubiese sido definir más claramente el término humanitarismo
desde el inicio del ensayo, pero lo dejo al final para explicar la diferencia
entre éste y el término “humanismo” con el que suelen confundirle.
No es lo mismo humanismo (cultivo o conocimiento de las letras humanas, es decir, aquello que
nutre el alma y el espíritu) que
humanitarismo (compasión por las
desgracias ajenas), esa premisa la deja
clara desde el principio Pérez (2010) en su artículo; el médico está llamado a
ser humanitario, a compadecerse por los necesitados y a querer ayudarlos de
forma desinteresada. Después de explicar la diferencia entre ambas definiciones
también habla de los orígenes de la medicina: “La medicina probablemente se
inició antes de que apareciera el Homo sapiens en la faz de La Tierra, cuando
uno de sus homínidos predecesores se sintió enfermo, se acercó a otro homínido,
le pidió ayuda, y este aceptó dársela.” Suele suceder que los médicos de hoy
olviden esa historia, olviden que no son imprescindibles y que no existieron
desde el principio de los tiempos; que existen gracias a los pacientes y que lo
más importante de la medicina es la relación con estos; que sin ellos, no
serían nada; no tendría sentido su existencia.
Si bien quedó clara ya, la diferencia entre ambos
términos (humanismo y humanitarismo), Prometeo (2010) describe la importancia
de ambas características y la notable y triste ausencia de ellas en los médicos
o estudiantes de medicina actuales: “La
mayoría de los jóvenes no leen literatura, no aprecian el arte o la música
lírica, actividades que al final nutren el espíritu […] Es algo que debemos
corregir, esta es la oportunidad que tenemos de convertirnos en agentes
catalizadores de cambio. Sí, debemos ser enzimas”. Supone entonces que, ‘nutrir
el espíritu’ es clave para la existencia de buenos médicos. Un médico, que sea
culto, que lea, escuche música lírica o aprecie el arte, sin duda alguna,
tendrá mayor sensibilidad, mayor pasión por su oficio, mayor compasión por el
paciente.
“La acción humanitaria arranca del impulso, mezcla de
indignación y compasión que todos sentimos cuando estamos expuestos al
sufrimiento ajeno” dice Bastos (2011) en una entrevista; lo que concuerda,
entonces, con la definición de humanitarismo expuesta al inicio de este capítulo
y lo que depende, también, de la sensibilidad del médico, sensibilidad que
obedece a la ‘formación del espíritu’, que se deriva de un interés humanístico
no ajeno al humanitario.
Las personas están acostumbradas al médico de
escritorio, al que visitan cada mes (si mucho) para que les haga un chequeo
mecánico y ordinario y les diga qué tantas expectativas de vida tienen. Es
probable que estas personas salgan del consultorio, muchas veces, con aire
desahuciado y desasosegado. "¿A qué fueron?", podrían preguntarse.
En un país como Colombia, en el que el sistema de
salud no tiene nombre, en el que un paciente sólo puede durar quince minutos en
consulta (y eso, los que tienen acceso a algún tipo de sistema de salud) y en
el que los chequeos de rutina hechos de forma adecuada durarían más de media
hora, hay algo que marca la diferencia, algo que está por encima de las
falencias de un sistema de salud
austero, algo que hace que el paciente salga más tranquilo y feliz del
consultorio: la labor del médico.
No quiero decir con esto que el médico sea el "dios" al que todos deben agradecer, el omnipotente e indispensable, no; pero un
médico que sea consciente de que en la carrera que escogió debe "compadecerse de
las desgracias ajenas", se pone en los zapatos del paciente, lo trata con
respeto, con cordialidad, lo mira a los ojos mientras le habla con mesura y
delicadeza, lo escucha, es honesto con él, procura mandarle los mejores
medicamentos (que cubra el pos), intenta "devanarse los sesos" para encontrar
la causa de la enfermedad que lo aqueja y enviarlo a su casa con la esperanza
de que se va a recuperar pronto y se despide de la mano confiado en que lo verá
mejor la próxima vez.
Ser humanitario entonces, no es sólo irse por la selva
ayudando a salvar vidas de personas indefensas, es, desde el punto del planeta
en el que se esté parado, desde el puesto que se ocupe o desde la profesión que
se tenga, procurar el bienestar del prójimo. Un médico no puede olvidar esa
condición, un estudiante de medicina debe ser formado para tal fin y no puede
olvidarse nunca de ello, no puede dejarse corromper por el sistema porque, como
afirman Pérez y Prometeo en sus textos, y remata Bastos en su entrevista, “la
independencia de la acción humanitaria es fundamental, es la garantía de que
quienes más lo necesitan, recibirán más ayuda”.
“La salud: más prevención, menos curas” la afirmación valiente pero peligrosa de un médico humanitario.
CONCLUSIÓN
Es importante para mí
concluir este trabajo con un ejemplo de un digno exponente del humanitarismo (y
del humanismo, pues era un hombre muy culto y sensible) que resume las
cualidades que todos los médicos debemos tener para hacer de nuestra profesión
una labor verdaderamente valiosa y admirable.
“La epidemiología ha salvado más vidas que todas las
terapéuticas” escribe Abad Faciolince (2006) citando lo que afirmaba Héctor
Abad Gómez cuando iba por los barrios
más pobres de Medellín investigando sobre las causas de las enfermedades que
aquejaban a sus habitantes. Descubrió que la mayoría, por no decir todas, eran
causadas por falta de higiene, por un acueducto y un alcantarillado desastrosos,
por la falta de agua potable, por la falta de comida, por la leche contaminada
que consumían.
Se
encargó de "mover cielo y tierra" para mejorar las condiciones de estas
personas. Logró mucho, no sólo la intervención del gobierno y la solución de
algunos de estos problemas, sino el amor de todos los habitantes de esos
barrios, el nombre de “defensor de los derechos humanos”, el cariño de sus
alumnos y el recuerdo imborrable en la historia colombiana. También logró
obtener otras cosas: el odio de muchos, de los poderosos, de los médicos
oportunistas y materialistas a quienes un médico así no les convenía, pues al
prevenir las enfermedades de esta parte de la población, evitaba que fueran a
sus consultorios y pagaran sus consultas (ellos
se atrevían a afirmar: “para hacer lo que este médico hace, no se
necesita diploma”); la intolerancia de
los que creían que cualquiera que defendiera los derechos humanos era
guerrillero; una gran cantidad de amenazas y acusaciones como estas: “Héctor Abad Gómez: Presidente del Comité de Derechos Humanos
en Antioquia. Médico auxiliar de guerrilleros, falso demócrata, peligroso por
simpatía popular para elecciones de alcaldes en Medellín. Idiota útil del
PCC-UP” y, por último, la muerte a causa de estos prejuicios.
A
pesar de no buscar su muerte y de no querer morir, nunca abandonó su causa y
decía “Si me mataran por lo que hago, ¿no sería una muerte hermosa?” y como
escribe su hijo en el libro que describe y cuenta todas estas cosas de su
padre: “Hay que tener mucha estima por sí mismo para ser capaz de sacrificarse
a sí mismo”.
Héctor
Abad Gómez debe convertirse en un ejemplo para los estudiantes de medicina, no
para que nos hagamos matar por defender una causa, esa es una decisión que sólo
tomarían unos pocos valientes y admirables, pero sí, para tener tanta estima
por nosotros que seamos capaces de estimar a los otros… De servirles.
No se
puede olvidar que “el único egoísmo aceptable es el de procurar que todos estén
bien para estar uno mejor” (Jaudo Benabete). Si somos egoístas y queremos
nuestro bienestar, debemos ser conscientes de que éste depende del bienestar de
la sociedad entera.
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Felicitaciones, una posición muy real de ti y tu futuro... "humanitario".
ResponderEliminar¡¡¡Muchas gracias!!! ¡Mua!
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